La música que surgió del frío
Palabras contra el olvido 747
Un minuto de silencio. ¡Que silencio! Suenan los primeros compases del violín Guarnerius del Gesú, de 1734 que toca la maravillosa violinista Midori. Los abetos que utilizó el lutier Guarnerius para las tapas armónicas del violín son muy rectos y tienen anillos de crecimiento muy pequeños debido posiblemente a una glaciación. Es una madera impresionante. Actualmente conseguir estas maderas es imposible. Esta madera también la utilizó Stradivarius y otros fabricantes como Amati.
Suena en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos del Centro Cultural Miguel Delibes el Concierto para violín y orquesta, n.º 1 en la menor, op. 77 de Dmitri Shostakóvich. La música siempre ha constituido un refugio. Escuchar a Midori es un respiro y una huida de la actualidad. El Shostakóvich que nos está ofreciendo la Orquesta Sinfónica de Castila y León (OSCyL) dirigida por Delyana Lazarova es brillante, de arquitectura impecable que llega al público desde los primeros compases.
Lo evidenció en el Nocturno, su primer movimiento. Lleva implícito la música de Shostakóvich una precisión y refinamiento que encoge el corazón del oyente y le deja paralizado. Posiblemente el mejor momento de Midori llegó en el tercer y en el cuarto movimiento. Su Passacaglia sonó magnifico en el patio de butacas. Sus solos resonaban en toda la sala de manera soberbia.
Delyana Lazarova, hay que decirlo, resolvió con maestría la exigencia que supone siempre la música del compositor ruso. Pero es que la belleza tímbrica que despliega Midori cautiva al más pintado. Despliega belleza y exquisitez a partes iguales. Y todo hecho con mesura sin aspamientos innecesarios. Que la OSCyL rindiera a gran altura ya no es ninguna sorpresa.
Cuando llegó el último movimiento del concierto, Burlesca (Allegro con brio-Presto) no le quedó otro remedio al público que contener la respiración. Una nueva exhibición de la violinista Midori nos dejó asombrados. Por qué será que uno entra en la sala de conciertos y automáticamente se convierte en otra cosa.
Escuchamos a Shostakóvich y los pensamientos y las tonterías que traemos de casa desaparecen como por arte de magia. Como si de repente empezáramos a vivir en una ciudad diferente, en un mundo diferente. Acaba la música y uno se siente transformado, y por qué no decirlo, uno se siente ridículamente agradecido y complacido por la tarde que ha pasado "allí arriba".
En definitiva, lo que hace la música es lanzar un mensaje de esperanza ante una realidad que no pinta bien. No hay que perder nunca la esperanza.
Luego llegó la Sinfonía n.º 3 Serguéi Rajmaninov, pero eso ya es otra historia. Ya no estaba Midori.








