La otra Maricarmen
Maricarmen tiene ya setenta y tres años, es viuda desde hace más de diez, vive sola, pues sus dos hijos encontraron trabajo en otras provincias y andan por allí haciendo su vida y sacando adelante a sus propias familias. Echa mucho de menos a su marido, Antonio, quien trabajó toda su vida como peón en una panadería, de seis de la tarde a seis de la mañana, ganándose después unas perrillas adicionales en un taller mecánico, de 7.00 a 12.00; el pobre dormía entre tres y cuatro horas de siesta y volvía a trabajar. Y así cada jornada durante algo más de 45 años.
Fueron para ellos años duros, de mucho sacrificio. Comprar casa en Madrid no les resultó barato y tuvieron que acudir a una hipoteca que, a base de renuncias, de gastar poquísimo y trabajar mucho, acabaron pagando. Echa la vista atrás y tan sólo recuerda haber viajado dos veces de vacaciones. Una, cuando los niños eran pequeños, les permitió a todos conocer el mar y darse largos baños de playa durante una semana. Qué agradable y bonito le pareció Benidorm entonces y qué grande y caótico lo ve ahora cuando sale en la tele, atestado de turistas, algunos bastante incívicos y maleducados. La otra vez que pudieron disfrutar de vacaciones aprovecharon el funeral de un familiar en Santander y se quedaron cuatro días en Somo antes de regresar a Madrid. Llovió tanto que siquiera se pudieron bañar.
No conoce la Plaza de toros de Las Ventas, ni el Teatro Real, ni el Santiago Bernabéu más que por fuera, pero sí que ha estado en el Museo del Prado ese día de mayo en que todos los museos son gratuitos. Tampoco pudo acudir con su Antonio a disfrutar de una función en el Teatro Maravillas, la Latina o el Alcázar, y bien que le hubiera gustado ver a Lina Morgan o a Conchita Velasco. No es que no pudieran, para alguna distracción sí que tenían, pero ellos eran ahorradores, a la fuerza, había que pagar el piso, vestir, alimentarse, cuidar de los críos, darles ropa y estudios... estaban construyendo una vida y cada día todo era un poco más caro. Hasta ella misma tuvo que ponerse a limpiar casas durante un par de años, eso sí, sin seguridad social ni nada que le asegurase un futuro; sólo le preocupaba el presente y éste era duro, vaya si era duro.
Cuando Antonio rondaba los 45 años, se quedó libre un piso frente al suyo. Maricarmen no sabe cómo se les metió en la cabeza que debían comprarlo para así, cuando ellos ya no estuvieran aquí, cada uno de sus hijos podría quedarse con uno, ésa sería su herencia, siempre habían oído que lo único seguro era invertir en ladrillo. Y en esa aventura se metieron hasta las cejas. Invirtieron todos sus ahorros y volvieron a pedir una hipoteca. Aún quedaban unos cuantos años por amortizarla cuando un infarto se llevó a Antonio de su lado.
Leyendo la comunicación del Ministerio de Seguridad Social en la que le indicaban el importe de su pensión de viudedad pensó que debía de haber algún tipo de error o tratarse de una broma pesada. Difícilmente le llegaba para vivir y, mucho menos, para atender los recibos que quedaban del otro piso. Sus hijos le recomendaron que lo alquilara.
Los inquilinos, una familia joven con dos niños pequeños que parecían agradables y de fiar llevan 6 años sin pagarle el alquiler. Ve en el ascensor y en los pasillos cómo se ríen de ella y ya ni le saludan.
Ha querido echarles; no llega a fin de mes ya que ha de atender, entre otras cosas, no sólo su manutención, sino también el agua y la luz de sus inquilinos, los impuestos, los recibos de la hipoteca (que aún quedan algunos). En el Centro Cívico le dijeron que tenía que enviarles un requerimiento de pago y notificarles formalmente que debían abandonar la vivienda. Ambas acciones no tuvieron efecto alguno, de modo que no le quedaría otro remedio que iniciar una demanda civil, contratar un abogado y esperar a la tramitación. ¿Cuánto podrá costarle éso?
Los inquilinos le han pedido 12.000 euros por marcharse. De dónde saca ella ahora todos esos euros. Ellos parece ser que son vulnerables, aunque todos los vecinos pueden ver, a través de la ventana de su salón, una tele de 65 pulgadas. Ninguno aparece mal vestido, desnutrido, ni se le ve llegar a casa con bolsas de Cáritas. Los niños van al colegio bien arreglados y a ninguno de los dos les falta el móvil. Maricarmen ve llegar al piso, todos los fines de semana, al repartidor de Glovo con comida de algún restaurante. Ella cena cada día sopa de sobre o dos huevos fritos.
Cuando la noche entra por las ventanas y Maricarmen se acuesta, llora porque sabe que ha perdido el piso, pero quizás no se de cuenta de que también está perdiendo la vida. Ella también es Maricarmen, pero nadie le ayuda.








