Cotillas
Hay una frase que aparece con extraordinaria frecuencia en cualquier reunión de amigos:
- "Pero qué cotillas somos".
Suele pronunciarse después de llevar un buen rato hablando de alguien que no está presente. De quien se ha separado, de quien ha cambiado de trabajo, de quien se ha comprado una casa, de quien tiene problemas con sus hijos o de quien ha empezado una relación que, naturalmente, todos habíamos visto venir menos él.
Y siempre me ha llamado la atención que inmediatamente nos sintamos un poco culpables. Como si hablar de los demás fuera una actividad de dudosa reputación.
He intentado recordar cuántas veces he asistido a una comida de amigos en la que, después de preguntar por la familia y comentar las últimas novedades, alguien haya propuesto dedicar la sobremesa a la fotosíntesis. Ninguna.
Tampoco recuerdo muchas conversaciones de parque en las que dos personas sentadas en un banco hayan comenzado hablando de sus nietos y terminado intercambiando opiniones sobre la fusión nuclear. Debe de haberlas, pero yo no he tenido la suerte de presenciarlas.
Lo habitual es que las personas hablemos de personas. De las que queremos, de las que conocemos, de las que nos preocupan y también, para qué engañarnos, de algunas que nos preocupan bastante menos pero nos interesan bastante más.
Y entonces llega la pregunta: ¿somos por eso cotillas? Creo que no. O si lo somos, tendremos que aceptar que lo somos prácticamente todos.
Porque interesarnos por la vida de los demás forma parte de nuestra manera de relacionarnos. Queremos saber cómo están nuestros amigos, qué hacen sus hijos, si aquel matrimonio finalmente se separó, cómo le va al que cambió de trabajo o si el que llevaba veinte años diciendo que iba a jubilarse ha conseguido por fin hacerlo.
Naturalmente, hay límites. No es lo mismo interesarse que entrometerse. No es lo mismo comentar algo conocido que revelar una confidencia. No es lo mismo hablar de alguien que disfrutar haciéndole daño. Y desde luego no es lo mismo contar algo cierto que inventarlo.
Quizá sea ahí donde empieza realmente el cotilleo. El problema es determinar exactamente dónde está ese «ahí».
Podríamos acudir a la intención de quien habla. Pero la intención, como diría Marlaska, es subjetiva. Y con semejante criterio me temo que no vamos a resolver gran cosa.
Yo, por supuesto, no soy cotilla. Me limito a interesarme profundamente por la realidad humana de las personas que me rodean. Que viene a ser, pensándolo bien, la definición que probablemente daría de sí mismo cualquier cotilla.
Pero hay otra razón por la que creo que hablamos tanto de los demás. Muchas veces, cuando hablamos de ellos, estamos hablando también de nosotros.
Cuando comentamos que un amigo ha dejado un magnífico trabajo porque estaba harto, no hablamos solamente de él. Hablamos de cuánto valor damos nosotros al dinero, a la seguridad o a la libertad. Cuando discutimos sobre cómo alguien educa a sus hijos, inevitablemente estamos confrontándolo con nuestra propia manera de educarlos. Y cuando nos sorprende que una pareja se haya separado después de treinta años, probablemente estamos pensando también en lo que mantiene unida a la nuestra.
Los demás son, en cierto modo, espejos. Nos permiten hablar de la amistad, del amor, del dinero, de los hijos, del trabajo, de la vejez, de los errores o de la felicidad sin necesidad de anunciar solemnemente:
- "Ahora vamos a reflexionar sobre la condición humana".
Mucho mejor hablar de Manolo.
Por eso quizá hemos convertido demasiado alegremente la palabra "cotilla" en una acusación contra una de las actividades más antiguas y universales del ser humano: interesarnos por los demás.
Otra cosa es qué hacemos con ese interés. Porque la curiosidad puede convertirse en intromisión, la conversación en maledicencia y una confidencia en munición. Y ahí sí aparece el cotilla. No porque hable de los demás, sino por cómo, para qué y hasta dónde habla de ellos.
Así que la próxima vez que en una comida, después de media hora hablando de quienes no están, alguien diga:
- "Pero qué cotillas somos".
Pienso defendernos.
No necesariamente. Somos personas hablando de personas. Y quizá, mientras hablamos de los demás, estamos hablando mucho más de nosotros de lo que creemos.
Aunque si alguien sigue sintiéndose culpable, siempre podemos cambiar de conversación:
- "¿Qué tal lleváis la fotosíntesis?"








