Los primeros módulos ya comienzan a ocupar las calles de la ciudad a falta de dos semanas para la inauguración oficial, prevista para el 4 de septiembre
Una ruta por el patrimonio vivo de Valladolid: los árboles singulares de la ciudad
Descubriendo el alma de la madera través de una plataforma digital que atesora décadas de historia y naturaleza urbana
Pasear por Valladolid es, a menudo, un ejercicio de admiración hacia su arquitectura de piedra y su historia castellana. Sin embargo, existe una crónica paralela que no se escribe con pluma, sino con raíces y savia. Desde hace ya varios años, el Ayuntamiento de Valladolid mantiene vivo un espacio digital dedicado a sus árboles singulares, una iniciativa que no es nueva, pero que sigue siendo el recurso más valioso para quienes desean explorar la ciudad con otros ojos. Este inventario digital tiene su origen en el libro de Jesús de Torres Villagrá y Alfredo Milla Santamaría, publicado en 2008, y se ha consolidado como una guía indispensable para conocer a los "gigantes" que conviven con nosotros.
A través de la web www.arbolesdevalladolid.com, el ciudadano puede acceder a un mapa de situaación de cada uno de estos ejemplares así como a fichas individualizadas que dotan de voz a estos seres silenciosos. La plataforma no solo ofrece datos botánicos, sino que rescata la esencia poética de cada ejemplar, permitiendo que la visita a un parque se convierta en una experiencia didáctica y emocional.
Nuestra ruta comienza para conocer algunos de estos árboles en el emblemático Campo Grande. Allí, el Abeto de España se alza majestuoso, intentando esconderse sin éxito entre la vegetación. Con sus casi treinta metros de altura, este ejemplar supera por mucho la media de sus parientes de la Sierra de las Nieves, alzando su silueta oscura contra el cielo al atardecer. Muy cerca, el Gingko del parque infantil nos observa como un verdadero "fósil viviente". Sus antepasados dieron sombra a los dinosaurios hace ciento cincuenta millones de años; hoy, sus hojas en forma de abanico acompañan las risas de los niños, ajenas al peso de su linaje milenario.
En este mismo jardín, el Cedro del Líbano de la Fuente de la Fama despliega un porte casi narcisista, sirviendo de percha favorita a los pavos reales. Hubo un tiempo en que su vida corrió peligro, estrangulado por la hiedra, pero manos cuidadosas lo rescataron de un destino mortecino para que hoy podamos contemplar su follaje almohadillado en toda su gloria. No muy lejos, el Álamo Negro estira sus raíces hacia un arroyo artificial, recordándonos que, aunque parezca un anciano de tronco grueso y tumoroso, apenas es un adolescente comparado con otros gigantes del catálogo.

Sauco.
Al salir hacia el asfalto de la ciudad, nos sorprende el Olivo de Fuente Dorada. Este "huésped del asfalto" es un símbolo de resistencia que consintió sobrevivir a un desenraizamiento para ofrecernos su serenidad curtida en el dolor en medio del ruido del centro. Siguiendo hacia la Plaza de San Pablo, otro Cedro del Líbano establece un diálogo de equilibrio horizontal con la filigrana de piedra de la fachada de la iglesia, llenando de esperanza las pupilas de quienes pasan por allí camino a clase o al trabajo.
Si buscamos el misterio, debemos acudir a los Tejos. En la Plaza del Viejo Coso, un ejemplar de verde oscuro nos recuerda las leyendas sobre su veneno y su madera eterna, la misma que los faraones usaban para sus sarcófagos. Otro tejo, en la Plaza del Voluntariado Social, absorbe la luz con sus hojas brillantes en un contraste deslumbrante con la piedra blanca del entorno.
Para los amantes de las grandes dimensiones, la cita obligada es en el aliviadero del Canal de Castilla. Allí reside la Secuoya, el árbol más grande de Valladolid. A pesar de que un rayo desmochó su tronco original, ha seguido creciendo verticalmente hasta alcanzar los 40 metros, sosteniendo el orden biológico contra todo pronóstico desde hace unos 200 años.

Secuoya.
La ruta puede continuar por las riberas del Pisuerga. En Las Moreras, el Sauce Llorón crea una "catedral verde" con sus ramas lánguidas cayendo sobre el agua, invitando a la placidez y al sueño de los enamorados. A su lado, el Olmo de Siberia resiste con orgullo a la grafiosis, mientras el Palmito Gigante aporta un toque exótico y tropical que desafía las gélidas nieblas de los inviernos castellanos.
Igualmente, rincones como la Plaza de la Trinidad nos regalan la presencia de los "dos hermanos" Cedros del Atlas, que se recortan contra la piedra blanca como una referencia arquitectónica viva. O el Nogal del Salón del Abadengo, un pequeño superviviente que hoy luce una copa densa gracias a un balconcito que adaptó el cemento de la acera para respetar su presencia. Y así, hasta 75 referencias que incluye esta web y que se pueden expolorar on-line o en un paseo tranquilo por la ciudad.

Cedro del Líbano.
Estos árboles no son solo parte del paisaje; son testigos del tiempo que han oído el estruendo del tráfico mientras daban sombra a manos que se enlazan. La web municipal sigue abierta a la participación ciudadana, permitiendo que cualquiera proponga nuevas especies o complete las fichas existentes, asegurando que este patrimonio vivo siga creciendo en la memoria colectiva.
Para descubrir cada historia, ver sus fotografías y localizarlos en el plano de la ciudad, puede visitar: www.arbolesdevalladolid.com.
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