El Papa de todos los demócratas

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El Papa de todos los demócratas
El autor esFélix  de la Fuente
Félix de la Fuente
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La visita de León XIV a nuestro país no ha sido sólo la visita de un papa, es decir de la cabeza visible del mundo católico. Ha sido la visita de un demócrata. Su discurso ante las Cortes Generales de España ha sido muchísimo más que una visita protocolaria. Ha puesto en valor los principios de la democracia: colaboración, solidaridad, respeto del adversario, y los fines y límites de todo gobierno. Su referencia expresa y constante a Francisco de Vitoria, Francisco Suárez y a la Escuela de Salamanca no sólo son la base de unos derechos humanos tan fácilmente pisoteados por los gobernantes, sino que también es un recuerdo de que los grandes valores de la democracia son los valores que también defiende el cristianismo: el respeto a la persona, el respecto a la vida, la igualdad de todos los hombres, la solidaridad, la hermandad universal,  esa comunidad universal que todos formamos, ese orbe entero, del que formamos parte todos los pueblos. Al recordarnos nuestra historia se ha dirigido a todos los españoles, católicos y no católicos. Isabel la Católica y Fernando de Aragón aprobaron unas leyes, Las Leyes de Indias, que en muchos aspectos se adelantaron varios siglos a las leyes sociales y laborales de la Europa actual. 

Los derechos que proclama Francisco de Vitoria no dependen ni pertenecen a una religión, ni a una cultura, ni a un pueblo determinado, sino que tienen su fundamento en la misma naturaleza humana -racional- y, por lo tanto, se pueden establecer como criterios universales para todos los hombres y pueblos.

"Está demostrado que todas las naciones son un solo género humano, y tienen un solo origen, que nadie es por naturaleza siervo ni esclavo de otro, y que las leyes naturales obligan a todos por igual" (Francisco de Vitoria, 'De Indis').

No sólo las palabras del Papa, también sus hechos son una llamada de atención a los cristianos y a los demócratas: la visita a la Cárcel de Brians en Barcelona, su diálogo con los inmigrantes en el puerto de Arguineguín (Gran Canaria) y sus varios encuentros con la juventud nos han recordado tres problemas candentes que tienen que resolver tanto la Iglesia Católica como las democracias. Los abrazos de una reclusa al Papa no necesitan explicación, tampoco las palabras del Papa en Arguineguín: "¿Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?".  No más halagüeño es el mundo que estamos dejando a la juventud. Si actualmente con su trabajo no tienen suficiente para vivir dignamente, ¿qué tendrán que hacer cuando se vean obligados a pagar la deuda millonaria que el despilfarro de nuestros gobiernos y nuestra indiferencia actual les están dejando?

Una iglesia que habla de los derechos humanos es una iglesia universal, católica.

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