Celtas Cortos cierra en casa 40 años de música con una noche para la memoria vallisoletana

El Polideportivo Pisuerga vibra en un concierto multitudinario que convirtió Valladolid en epicentro de emoción, nostalgia y celebración

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Celtas Cortos cierra en casa 40 años de música con una noche para la memoria vallisoletana
Jesús Cifuentes, durante el concierto. Todas las fotografías que se comparten están hechas por Fran Cea y cedidas a TRIBUNA.
El autor esMiguel Ángel  Fernández
Miguel Ángel Fernández
Lectura estimada: 2 min.
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Valladolid ya tiene una nueva noche marcada en su memoria colectiva. Celtas Cortos regresó a casa para poner el broche final a su gira '40 años contando cuentos' y lo hizo como solo podía hacerse: con un Polideportivo Pisuerga lleno hasta la bandera y entregado desde el primer acorde. Ambientazo.

Lo que durante semanas fue expectación y promesa se convirtió en una celebración real, tangible, en la que la música sirvió de hilo conductor para recorrer cuatro décadas de historia compartida. La ciudad respondió como se esperaba, e incluso más, en una cita que agotó entradas y que, tras ampliar aforo, terminó reuniendo a miles de personas dispuestas a vivir algo más que un concierto.

Desde el inicio, el ambiente dejó claro que no se trataba de una noche cualquiera. Había algo especial en el aire, una mezcla de orgullo local, nostalgia y complicidad que acompañó a cada canción. Porque si algo quedó patente es que Celtas Cortos no solo tocaba en Valladolid, sino que lo hacía ante su gente, ante quienes han crecido con sus letras y han convertido sus canciones en banda sonora de varias generaciones.

Durante más de dos horas y media, la banda ofreció un recorrido generoso por su discografía, encadenando cerca de una treintena de temas. No faltaron los himnos que el público esperaba y coreó sin concesiones '20 de abril', 'La senda del tiempo' o 'Tranquilo majete', pero también hubo espacio para rescates menos habituales y para canciones más recientes, en un repertorio que funcionó como un viaje emocional de principio a fin.

El espectáculo, cuidado en lo escénico y en lo sonoro, reflejó el trabajo de una gira que arrancó en febrero en Madrid y que ha recorrido distintas ciudades hasta desembocar en este cierre simbólico. Sin embargo, lo vivido en Pisuerga tuvo un carácter distinto: aquí no solo se cerraba un tour, se cerraba un ciclo vital.

La banda recibió sobre el escenario a un numeroso grupo de invitados muy especiales como el coro Valle de Aguas; el músico Dulzaro; la banda Arizona Baby; o los guitarristas Raúl Olivar y Jorge Salán.

Más allá de la música, el concierto fue también un ejercicio de gratitud. La banda lo dejó entrever en cada gesto, en cada palabra y en cada pausa compartida con el público. Y el público respondió con la misma intensidad, devolviendo ese agradecimiento en forma de aplausos, coros multitudinarios y una energía constante.

La noche avanzó sin prisa, como si nadie quisiera que terminara. Y cuando finalmente lo hizo, quedó la sensación de haber asistido a algo irrepetible: una despedida, al menos de esta etapa, que no sonó a final, sino a celebración.

Cuarenta años después, Celtas Cortos demostró que su historia sigue muy viva. Y Valladolid, una vez más, estuvo ahí para contarlo.

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