16/08/2026
Sobrevivir
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"Comamos, bebamos y gocemos, tras la muerte no habrá ningún placer" (Cicerón)
Para algunos la vida es una burla cruel, un intervalo entre el nacimiento y la muerte que resulta imposible aprovechar, un transcurrir horrible sin remedio.
Las narraciones sobre la difícil subsistencia en los campos de concentración nazi que han llegado hasta nosotros dibujan escenarios en los que resulta comprensible creer a Henri R. Lenormand cuando decía "no sé qué es la muerte, pero no puede ser más terrible que esta vida". Y es que el dolor, físico o imaginario, se convierte, en ocasiones, es una especie de tirano tan cruel o más que la misma muerte.
Y ante el dolor, como ante la fortuna o abocados al infortunio, todas las personas somos diferentes. Lo somos también ante la muerte.
Por eso me resulta un misterio impenetrable, aunque no extraordinario, cómo llegan algunos seres a la decisión final de acabar con su vida, qué reflexiones han ocupado sus mentes y les han conducido a una espiral de autodestrucción o, simplemente, a un callejón sin otra salida que volver a la nada, ¿con plena conciencia?
Conste que no hablo exclusivamente de aquellos que padecieron torturas o violaciones, o de aquellos cuya mísera existencia diaria se resume en ver morir a los suyos de hambre y enfermedad, no, pienso también en aquéllos a quienes miramos a veces con cierta envidia pues los consideramos exitosos y, en consecuencia, felices.
Descubrir que, incluso en la cima del éxito, cunde la desesperanza, el miedo, la desazón, la soledad, el terror a no estar a la altura de lo que otros esperan o la eterna insatisfacción, me remueve por dentro.
Soy más que consciente de que, en la vida, no hay clases de iniciación, desde casi el principio se nos exige preparados para lo más difícil. Y no siempre lo estamos. Ni aun alcanzando retos extraordinarios, aunque entonces nos lo parezca o les parezca a otros.
Una persona a la que quiero bien ha nacido ya tres veces. No es un milagro, sé que es una batalla. Una batalla que deseo fervientemente que acabe ganando y en la que me atrevo a proponerle un desafío: envejezcamos.
Un proverbio chino propone que no hay que lamentarse por envejecer, pues hacerlo es un privilegio que está negado a algunos. Agarrémoslo con fuerza, hagamos uso del privilegio de envejecer, de volvernos más prudentes y, al tiempo, hacer más tonterías, disfrutar mientras escalamos la montaña de la vida, con menos fuerzas, sí, pero más libres, porque envejecer, amigo, es el único remedio que se me ocurre para vivir más años, para amar más años, para llenar de bondad y de alegría nuestro entorno, para crecer por dentro, para aventurarse en lo placentero.
Espero celebrar contigo mis noventa años. Toma nota, aún faltan treinta. Sobrevivamos.
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