Miles de niños y familias arropan la única procesión matinal del Domingo de Ramos, donde la Cofradía de la Vera Cruz revive la entrada triunfal de Cristo con una escena de siglos que emociona y sobrecoge
La Borriquilla abre la Semana Santa entre palmas y fervor
Miles de niños y familias arropan la única procesión matinal del Domingo de Ramos, donde la Cofradía de la Vera Cruz revive la entrada triunfal de Cristo con una escena de siglos que emociona y sobrecoge
Cuando la luz de primavera comienza a acariciar las piedras centenarias de la ciudad, Valladolid despierta a uno de sus momentos más esperados de su semana de Pasión. El Domingo de Ramos irrumpe con la inocencia de los más pequeños y la solemnidad de una tradición que se remonta siglos atrás, en la Procesión de las Palmas que parte a las 11:30 horas, desde la Santa Iglesia Metropolitana Catedral. Solo un pequeño desvío, causado por la caída de una ventana en la calle Arribas, ha pausado fugazmente la alegría que se respiraba en los alrededores de la seo vallisoletana.
Las calles del centro se convierten entonces en un río de palmas alzadas, de risas infantiles y de miradas que, entre la emoción y el asombro, buscan el primer gran instante de la Semana Santa. Son los niños, con sus túnicas aún impolutas, quienes marcan el pulso de la mañana, acompañando a las distintas cofradías vallisoletanas en un cortejo que respira ilusión y recogimiento a partes iguales.

Poco después, a las 11:45 horas, la escena se completa. Desde la iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz emerge, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo, el paso de La Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, la popular y querida 'Borriquilla'. Y con ella, Valladolid deja de ser Valladolid para convertirse, por unas horas, en aquella Jerusalén lejana que aclama al Mesías.
'¡Gloria al Hijo de David'. El canto resuena entre fachadas y plazas mientras la imagen avanza a hombros de los cofrades. La multitud responde, y en ese eco colectivo hay algo más que tradición: hay memoria, fe y una emoción compartida que atraviesa generaciones.
El paso, atribuido a Francisco Giralte y datado entre 1542 y 1550, es una joya singular. Es el único conjunto de 'papelón' que ha sobrevivido hasta nuestros días, una técnica que combina armazones de madera con telas encoladas y detalles policromados. En su composición, seis figuras dan vida a la escena: algunos apóstoles rodean a Cristo, elevado sobre la borriquilla, mientras dos personajes extienden mantos a su paso, recreando aquel gesto de bienvenida que narra el Evangelio.
El cortejo recorre Platería, Macías Picavea, la plaza de la Libertad y el Portugalete hasta alcanzar la Catedral, donde se incorpora el arzobispo junto a autoridades civiles y religiosas. La procesión crece entonces en solemnidad, sin perder la frescura de sus primeros pasos, y continúa su itinerario por calles emblemáticas como Santiago o la plaza Mayor, donde el paso se detiene entre miradas que mezclan devoción y asombro.

Hay algo profundamente simbólico en esta mañana. Es el inicio, sí, pero también es promesa. La alegría contenida de las palmas anticipa el recogimiento de los días venideros. La luz clara del día contrasta con las sombras que llegarán. Y en ese equilibrio, Valladolid comienza a latir al ritmo de su Semana Santa.
El regreso a la Vera Cruz cierra el círculo. Desde su pórtico, el arzobispo dirige una plática y bendice a los asistentes. Y entonces, como si el tiempo se detuviera un instante más, el canto vuelve a elevarse: "Hosanna al Hijo de David".
La ciudad guarda silencio después. Pero no es un silencio vacío. Es el silencio lleno de lo que acaba de comenzar.
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