Conducta prosocia
La felicidad también se agota... salvo cuando la compartimos.
Este fenómeno se conoce como adaptación hedónica: cuando repetimos una experiencia placentera, su efecto emocional disminuye con el tiempo. Pero los psicólogos Ed O’Brien y Samantha Kassirer descubrieron una excepción fascinante: dar a otros mantiene la felicidad por más tiempo que recibir.
En su experimento, durante cinco días seguidos, un grupo de estudiantes recibió cinco dólares al día para gastarlos de la misma forma. A algunos se les pidió que lo usaran para sí mismos, y a otros, que lo destinaran a alguien más (por ejemplo, dejando propinas o donando a una ONG). El resultado fue claro: quienes gastaban en sí mismos eran cada vez menos felices. En cambio, quienes daban repetidamente, mantenían su nivel de alegría casi intacto.
Un segundo experimento confirmó estos hallazgos en línea, con más de 500 personas jugando por pequeñas recompensas que podían guardar o donar. De nuevo, dar sostenía mejor la felicidad.
¿Por qué ocurre esto? Porque cada acto de generosidad se percibe como único y significativo, y además refuerza nuestro sentido de pertenencia social. En definitiva, la alegría de dar no se desgasta tan fácilmente como la de recibir.
Nota del autor: Un estudio muy interesante, muy positivo, muy aleccionador.
En síntesis, dar, propicia más felicidad que recibir. Lo importante es el tú, la posibilidad de ayudar nos transmite una valoración positiva, una razón de ser.
Y cuando queremos a alguien, hacerla feliz nos llena de gozo.
La publicidad plantea, y la sociedad se hace eco mucho del yo, del mí, me, conmigo.
Pero, ser voluntario en actividades de ONG, contribuir al bienestar social, y como se puede comprobar, resulta positivo para los demás y benéfico para uno mismo.
REFERENCIADO:
O’Brien, E., & Kassirer, S. (2019). People Are Slow to Adapt to the Warm Glow of Giving. Psychological Science, 30(2), 193__ENDASH__204. https://doi.org/10.1177/0956797618814145
Nueva entrega, como cada jueves, de 'Columna entre miradas', escrita por Sonia Dueñas
El primer SEAT con nombre de ciudad fue el Ronda en 1982. En 1986 SEAT llamó Ibiza a otro de sus modelos que, más de cuarenta años después, se sigue vendiendo como un referente de coche compacto que se mueve de manera ágil, obediente, fiable y eficiente








