La obra documenta el origen y la evolución de cerca de 400 vías del centro de la ciudad
San Vicente en Tordesillas. ¡Cómete un mono!
Este próximo miércoles, 22 de enero, se celebra en Tordesillas la festividad de San Vicente mártir, un día en el que se agolpa el recuerdo de una fiesta de primeros de año inolvidable que prácticamente ha quedado tristemente desaparecida en su simbología y en su tiempo, salvo una actividad que hace buena su Cofradía.
El 22 de enero era el día en que se sacrificaban cinco gallos en honor del santo a las puertas de su ermita extramuros de la población junto a la carretera que va hacia Torrecilla de la Abadesa. Y quien lo hacía era una muchacha joven, a la que se vendaban los ojos y la entregaban una espada para que diera tajos al viento hasta alcanzar al ave que pendía, atada por las patas, de una cuerda sujeta a un varal y fijada a una de las columnas de la ermita.
El griterío de la chiquillada, mientras rechupeteaba un "mono de san Vicente", dulce especial del día, y la música y la alegría componían un cuadro de otro tiempo.
Ese sacrificio ritual también desapareció de Tordesillas debido a la denuncia de los "defensores de los animales" a los que hay que reconocer sus desvelos y dedicación por acabar con tantas tradiciones tenidas por el pueblo liso y llano, al que nadie defiende y que muchos utilizan a su conveniencia.
De todos modos, del día de San Vicente lo que nunca podrá arrebatarnos nadie es el recuerdo y la memoria.

En su honor hoy yo, como muchos tordesillanos, comeremos un mono aunque ya no sea el que nos obsequiaba Feliciano Brezo tal y como se elaboraba en el obrador de la confitería de Deogracias Brezo, su padre, tras su paso a la eternidad. También los monos y las cayadas de dulce se elaboraban en el obrador de Fermín Galicia o en el de Mariano Serrador "decente", todo ellos bueno, gustoso y apetecibles. Y tan rico que nos sabía.
En mi oído resuena el guirigay y el cacareo del gallo revoloteando a las puertas de la ermita y aquella emoción contenida junto a mis compañeros, chicos y chicas, niños de la escuela, triscando por las laderas de la ermita de San Vicente, mirando atentos a la joven que, con espada en la mano y los ojos vendados, cumplía con un rito singular, genuino, único, inolvidable del ayer de nuestro pueblo.
¡Viva mi pueblo y san Vicente!
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