Una capea en Villavieja del Cerro
Recuerdo de una becerrada en Villavieja del Cerro, vestigios de la fiesta de toros
Siguen desgranándose las hojas del calendario y cayendo una tras otra muertas en el ayer y el olvido. Sin embargo siempre hay un resquicio para que la memoria desmemoriada recupere aquel instante fugaz de un momento vivido en el pueblo con la emoción y alegría de todos sus corazones. Chicos y grandes, viejos y jóvenes comprendían el significado tan profundo de un día de fiesta en su localidad, atracción imantada en gentes de los alrededores que acudían a ver personalmente aquella lidia de gritos y voces, risas y llantos, sentimientos encontrados alrededor de una plaza de carros.
Hoy eso, salvo en contados y esporádicos ruedos habilitados al efecto o reconstruidos en su función como sucede en Montemayor de Pililla, Traspinedo, Serrada o en el mismo Ciudad Rodrigo, el encuentro del ayer originario de la Tauromaquia popular con la reglada y más estricta de los profesionales supone una llave que abre la puerta del ayer y revitaliza el hoy de cada día.
Hace unos meses, el Carnaval de Miróbriga abrió sus puertas de historia, hierro y madera para acoger las funciones de toros que "a todos son gustosas" y que tienen un poso tradicional, señero y único en la vida de muchas personas de nuestros pueblos.
Sin embargo, la ilustración de hoy se corresponde a un recuerdo de "becerrada" en Villavieja del Cerro, tal y como se llevaban a cabo no hace tantos años en Torrecilla de la Abadesa por San Antonio; en Velilla por San Blas, en Velliza por Nuestra Señora de los Perales o en Wamba por San Roque. Esos vestigios de la fiesta de toros en su arranque de un ayer lleno de esperanza y vuelo de futuro, siguen hoy reviviendo gracias a quienes aún conservan dentro de su corazón un trocito de lo que significaron en el origen taurino.
Modas adaptadas de otros sitios, extrañas y sin sentido han sustituido aquellos momentos inolvidables para tantos y tantos cuando el juego eterno del hombre con el toro hacía de su capa un sayo y era casi el único sentido de diversión en muchos pueblos. Toros y baile, la dualidad bien entendida de una acogida, de recoger un instante, fugaz, marchito ya, en el sentir de los pueblos.
Estuve en la última de aquellas capeas de Villavieja a verla aupado en los talanquines de un carromato o de un remolque que la memoria me falla, gustando de los lances toreros espontáneos y llenos de miedo y naturalidad. Luego vendrían las normas, los artículos, las disposiciones por reglamentar absolutamente la vida de las personas, ciñiéndolas a un código de normativas legales que han roto prácticamente con aquellos instantes de libertad y jolgorio.
Hoy Villavieja del Cerro, soplada y escupida por el fuego de una decisión ecologista y judicial que rompió su salida al futuro, su inversión y su progreso, sigue rumiando en silencio el fracaso terrible de un proyecto ruinoso a la abrigada del monte de San Juan y de la Estrella. Pero en su memoria quede esta capea que plasmó mi amigo José Ramón Muelas, pues en los pueblos empezó en grandeza de sencillez la fiesta de toros.








