Un triángulo amoroso, un viaje de 365 kilómetros, un disfraz y dos puñaladas
Un Valladolid de crímenes: el policía que cruzó España para asesinar al marido de su amante
Un triángulo amoroso, un viaje de 365 kilómetros, un disfraz y dos puñaladas
Valladolid amanecía el 21 de noviembre de 2011 como cualquier otro lunes. Miles de vecinos salían de casa para ir a trabajar mientras el frío comenzaba a instalarse en la ciudad. En una calle tranquila del barrio de Las Delicias, nadie podía imaginar que estaba a punto de cometerse uno de los asesinatos más mediáticos y complejos de la última década.
La víctima era Rufino Arnanz Sánchez, un hombre que, como cada mañana, se disponía a coger el coche para acudir a su puesto de trabajo. Nunca llegó a hacerlo.
Su asesino llevaba horas esperando. No era un ladrón. Tampoco un desconocido. Era un agente de la Policía Nacional destinado en Zaragoza que había recorrido durante la madrugada más de 365 kilómetros con un único objetivo: matar al marido de la mujer con la que mantenía una relación sentimental desde hacía años.
Una relación oculta convertida en obsesión
La investigación destapó un triángulo sentimental que había ido deteriorándose con el paso del tiempo.
El condenado había retomado años antes una antigua relación de juventud con la esposa de la víctima. Lo que comenzó como un contacto a través de las redes sociales terminó convirtiéndose en una relación extramatrimonial marcada por la tensión, las discusiones y un progresivo deterioro.
Durante el juicio, la mujer aseguró que aquella relación se había convertido en una situación asfixiante, llegando incluso a sufrir chantajes emocionales y amenazas cuando trató de poner distancia. Días antes del crimen, el marido y el amante habían protagonizado un enfrentamiento que los investigadores situaron como uno de los posibles detonantes del asesinato.
La emboscada
La madrugada del 21 de noviembre, el policía salió desde Zaragoza rumbo a Valladolid. Los jueces consideraron probado que acudió expresamente para acabar con la vida de Rufino.
Esperó junto al vehículo que utilizaba la familia en las inmediaciones de la calle Nicasio Pérez. Cuando la víctima abrió la puerta del copiloto para dejar una cazadora y una bandolera, el agresor se abalanzó sobre él y le asestó dos cuchilladas mortales. Todo ocurrió en apenas unos segundos. Después trató de despistar a los investigadores.
Cortó la correa de la bandolera y se la llevó consigo para intentar que el crimen pareciera un robo con violencia. Sin embargo, aquella escenificación acabaría desmoronándose conforme avanzó la investigación policial.
El error del asesino
Aunque el crimen fue ejecutado con planificación, el autor dejó un rastro que terminó resultando decisivo. Varios testigos situaron a un hombre encapuchado huyendo del lugar de los hechos. Uno de ellos llegó incluso a cruzarse con él instantes después del asesinato y pudo observar parcialmente su rostro.
A ello se sumó el análisis de las comunicaciones telefónicas, los desplazamientos realizados por el agente y la propia relación que mantenía con la esposa de la víctima.
El cerco fue estrechándose hasta desembocar en su detención y posterior procesamiento. Durante el juicio negó ser el autor del crimen y sostuvo que había viajado a Valladolid únicamente para romper definitivamente la relación sentimental que mantenía con la mujer. El jurado popular no creyó esa versión.
Un jurado popular lo declaró culpable
En mayo de 2014, la Audiencia Provincial de Valladolid condenó al acusado a 18 años de prisión por un delito de asesinato, apreciando la agravante de disfraz.
Además de la pena de cárcel, la sentencia le impuso indemnizaciones para los hijos de la víctima, la prohibición de comunicarse con la familia y la imposibilidad de residir o acudir a Valladolid durante un periodo superior al tiempo de condena.
Meses después, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León confirmó íntegramente el fallo. En abril de 2015 sería el Tribunal Supremo quien cerraría definitivamente el caso al rechazar el recurso presentado por la defensa y ratificar la condena.
Un crimen que marcó a Valladolid
El asesinato de la calle Nicasio Pérez dejó una profunda huella en la ciudad. No solo por la frialdad con la que fue ejecutado o por el intento de simular un atraco, sino porque el autor era precisamente un policía, alguien cuya profesión consistía en perseguir delitos y proteger a los ciudadanos.
Más de una década después, el caso sigue siendo recordado como uno de los episodios criminales más impactantes ocurridos en Valladolid en el siglo XXI. Un crimen planificado al detalle que, pese a la aparente perfección de su ejecución, terminó resolviéndose gracias al trabajo de la investigación y al peso de las pruebas reunidas durante el proceso judicial.
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