Diego Fernández Magdaleno: “Mi vida no tendría sentido sin leer, escribir y tocar”

‘Un piano entre libros’ es uno de los trabajos en los que más se ha implicado el pianista riosecano, que homenajea a escritores de Castilla y León

imagen
Diego Fernández Magdaleno: “Mi vida no tendría sentido sin leer, escribir y tocar”
Diego Fernández Magdaleno con su nuevo disco, 'Un piano entre libros', en el claustro del Museo de San Francisco.
El autor esJosé Ángel Gallego Vázquez
José Ángel Gallego Vázquez
Lectura estimada: 11 min.

Diego Fernández Magdaleno es uno de los mejores pianistas del panorama nacional e internacional. Ha recibido galardones tan importantes como el Premio Nacional de Música (2010) o la Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2024), y ha tocado en algunos de los más prestigiosos auditorios de todo el mundo.

A pesar de ello, es un tipo sencillo que se mimetiza cada día con las calles y las gentes de su Medina de Rioseco del alma, localidad que ama y en la que es feliz. En la Ciudad de los Almirantes encuentra cada jornada "el silencio y el tiempo" que necesita para leer, escribir y tocar, sus grandes pasiones. Disciplinas artísticas que aúna en su nuevo trabajo discográfico, ‘Un piano entre libros’, en el que homenajea a algunos de los grandes escritores, poetas y filósofos de Castilla y León.

Tribuna Valladolid charla con Diego Fernández Magdaleno de forma pausada y reflexiva. Quizá también ayude el escenario elegido por el pianista: el emblemático claustro del convento de San Francisco de Medina de Rioseco, un espacio que rezuma sosiego e historia y que conforma el mapa de territorios emocionales de una vida que también repasa el intérprete en esta entrevista.

PREGUNTA. Su último disco fue en 2024 con Mirrors of Time, en homenaje a Jordi Savall. Dos años después llega Un piano entre libros. ¿Cómo ha surgido este trabajo?

RESPUESTA. Yo he llevado el programa ‘Un piano entre libros’, que son obras inspiradas en poetas, novelistas y filósofos, a algunas ciudades de Castilla y León. Así surgió la oportunidad de grabarlo a través del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua.

P. ‘Un piano entre libros’ aúna sus dos pasiones: la música y la literatura. ¿Este título es una metáfora de su vida?

R. Sí; si algún día escribiera mis memorias, se podrían titular ‘Un piano entre libros’ también. Mi vida es un piano y una mesa llena de libros en la que escribo y leo.

P. ¿Qué nos encontramos en este nuevo disco? Hay obras que recuerdan a Rosa Chacel, Elena Santiago, José Jiménez Lozano, Joaquín Díaz… ¿Qué le sugieren estos autores?

R. Casi todas las obras que están en el disco las he encargado yo. Les pedí a los compositores con los que habitualmente trabajo que se inspiraran en un poeta, en un novelista, en un filósofo. Me gusta mucho vincular la música con la historia. Por ejemplo, he hecho programas sobre Jiménez Lozano, sobre Santa Teresa… Siempre he pedido a los autores obras para esos proyectos. Y ‘Un piano entre libros’ es una especie de recopilación de los muchos proyectos que he hecho vinculados a la literatura. La mayor parte de los autores en los que están inspiradas las 28 obras que componen el disco son escritores a los que he conocido y con algunos de ellos, en mayor o menor medida, he tenido amistad.

P. Fue grabado en agosto de 2025 y presenta una edición muy cuidada. Además, apuesta por un soporte como el CD. ¿Por qué?

R. A mí me parece, como dice Jordi Savall, que el disco físico, con una presentación determinada, tiene aún vigencia, y es perfectamente compatible, naturalmente, con los demás formatos. Además, el disco surge y se configura con un orden: las obras no están colocadas aleatoriamente, sino minuciosamente situadas una detrás de otra, igual que cuando diseño un concierto. Por lo tanto, esto no es solamente una sucesión de piezas, sino que el disco en sí es una obra global. Tiene una estructura muy pensada como un discurso general, de principio a fin.

P. ¿Qué opina de los nuevos formatos digitales, plataformas de escucha o repositorios musicales? ¿Pueden de alguna manera acercar este tipo de música a una población diferente?

R. Es inevitable. Es una realidad que se impone y no se puede luchar contra eso. ‘Mirrors of Time’, mi anterior trabajo discográfico, está en todas las plataformas; aunque se distribuyera físicamente en CD, también está en Spotify, entre otros muchos espacios. No se puede vivir de espaldas a eso, lógicamente.

P. Todo trabajo que se estrena, también un disco, es un mapa de obsesiones, de interioridades. ¿Qué territorios emocionales recorre este proyecto?

R. Sin duda es uno de mis proyectos más personales, porque los compositores del disco son autores con los que trabajo mucho, pero además son todos amigos míos. Las obras están inspiradas en creadores a los que, en su mayoría, como he dicho, conozco o he conocido. Incluso las referencias musicales que se citan también las he sugerido yo. He participado tanto en la elaboración de las obras como en la elección de los autores, de modo que este disco es uno de los trabajos en los que mayor implicación tengo, no solo profesional, sino también personal.

P. Los autores literarios en los que se inspiran las 28 piezas son de épocas y estilos muy diferentes… ¿Cómo dialogan las obras entre sí?

R. Dentro de lo que llamamos música contemporánea, la diversidad estética es enorme. Los autores son muy distintos entre sí, pero la música de cada uno de ellos es también heterogénea, dentro de sus propias coordenadas. Aquí hay obras de García Álvarez que estéticamente difieren mucho unas de otras, aunque pertenezcan al mismo compositor. Ese juego de contrastes es el que aporta un discurso interesante al disco.

"Si algún día escribiera mis memorias, se podrían titular Un piano entre libros"

P. María del Ser, que prologa el libreto del disco, dice que "técnica y alma se encuentran". ¿Sin alma cualquier obra artística quedaría desnuda?

R. A veces buscamos la técnica para encontrar algo concreto, algo que pensamos más allá; y, a veces, es la propia técnica la que nos enseña que hay algo que no hubiéramos sabido sin ella. Es decir, la técnica no es un mecanismo, sino que transforma en orgánico lo que es mecánico y aporta una luz que nos lleva a lugares que no sabíamos o no pensábamos que podíamos encontrar en ese momento.

P. ¿Diego Fernández Magdaleno disfruta más del concierto en directo que de las grabaciones?

R. Sí. Me parece, además, que la grabación siempre supone fijar un modelo, mientras que la interpretación en directo me da una sensación de libertad mayor, porque está circunscrita a un espacio y a un momento concretos.

P. Todas las piezas del disco están encargadas. Usted es un excelente intérprete, pero ¿no se encuentra cómodo en la composición?

R. He compuesto piezas e incluso las he estrenado en público, pero mi vocación es la interpretación. A mí me gustaría hacer muchas cosas en la vida: me gustaría ser pintor, arquitecto, periodista… me gustaría ser tantas cosas... Pero hay algo que no puedo dejar de hacer de ninguna manera, porque si no, la vida no tendría sentido: leer, escribir y tocar. Eso para mí es imposible de sustituir. Por tanto, si no he seguido a fondo en la composición, será por algo (sonríe).

P. La tecla y la pluma estilográfica, la palabra y la nota musical… ¿Cómo conjuga estas disciplinas artísticas? ¿Hasta dónde necesita el artista la una de la otra?

R. Profesionalmente soy músico: doy conciertos, conferencias, cursos, clases… es un trabajo mucho más visible. Pero para mí es exactamente lo mismo; no hay ninguna frontera entre escribir y tocar, entre leer un poema o escuchar una sonata. Forma parte de una realidad que discurre sin divisiones todos los días de mi vida; fluye con una normalidad absoluta. En mi faceta de escritor no tengo prisa ni urgencia, aunque soy consciente de que mi trabajo más público es el de la música, porque la música es mi vocación y también mi oficio. Yo no soy un pianista que escribe -o no quiero serlo-, ni soy un escritor que toca. Quiero tocar y ser un pianista al nivel que se requiere a los pianistas, y quiero ser un escritor al nivel que se requiere a los escritores.

P. ¿Qué significan para usted el silencio y la memoria? ¿Qué peso tienen en su trayectoria?

R. Pedro Aizpurua decía que la primera piedra de un monasterio es el silencio, y yo le decía que la de un conservatorio también. Él asentía. Creo que el silencio es fundamental. Este disco termina con una obra en homenaje a Aizpurua que se llama ‘Prevalencia del silencio’, precisamente porque quiere terminar así, de una manera silenciosa. Y la memoria es lo que nos constituye: si no tenemos memoria, no sabemos quiénes somos.

P. Como músico y también como profesor, ¿considera que la música no tiene el peso suficiente en los planes educativos?

R. Es cierto. Debería haber una presencia mayor de la música en la formación en todos los niveles. A través de la música se llega a un conocimiento al que no se puede acceder desde ningún otro sitio. Son necesarias todas sus características para ese discernimiento. Claro que debería tener una presencia mucho mayor en la educación.

"No hay ninguna frontera entre escribir y tocar, entre leer un poema o escuchar una sonata"

P. Hablando de educación, ¿recuerda algún profesor que le marcara en su niñez?

R. Muchos. Recuerdo con cariño a don Francisco, el director del colegio San Buenaventura de Medina de Rioseco. Con diez años me rompí una pierna y estuve hospitalizado, por lo que no pude empezar el curso con normalidad, y don Francisco acudía a mi casa a darme clase. Es la visión de un maestro de otro tiempo. Le veía pasar por la calle del Pescado, donde vivía mi abuela, con las manos unidas atrás y a mí me parecía Aristóteles, porque sabía griego y cosas que me parecían maravillosas. Era un hombre digno de admirar. Lo que mejor sé hacer es admirar y aprender, por eso he aprendido mucho de otras personas de esa época. Recuerdo lo que suponía para mí Antonio Novo, por ejemplo. Me creó un mundo: sabía muchísimo y le interesaban muchos temas. Revelábamos fotografías a altas horas de la noche, tocábamos juntos -él el violín y yo el piano-, me dejaba libros… tenía montones de cosas que me parecían fascinantes. Para mí fue un maestro.

P. Aunque su abuelo, músico y compositor, falleció cuando usted era un niño, ¿qué aprendió del recordado Pablo Magdaleno?

R. La familia y determinadas personas son como los maestros: te ubican en un lugar, te dan una genealogía y te ofrecen un pasado. Todo lo que he sabido de mi abuelo y todo lo que me han contado de él es muy importante para mi vida desde el punto de vista emotivo; pero también hizo que, cuando yo era un niño, me fuera totalmente familiar ver instrumentos, partituras, libros… Todo eso era un paisaje cotidiano. De niño me extrañaba, y también a mis hermanos, que alguien no supiera tocar el piano, por ejemplo; me parecía incomprensible. Ese mundo está fijado por él, aunque no estuviera en ese momento. Siempre ha tenido una presencia extraordinaria.

P. Cuando toca una partitura suya, ¿qué siente a nivel personal y como músico?

R. Esas partituras son lo más íntimo que tengo de él; esa música es, precisamente, lo más personal. Sé lo importante que era para él escribir esas piezas y lo importante que era Medina de Rioseco. Por eso se convierte en algo muy especial. El otro día, por ejemplo, en un concierto toqué una pieza de mi bisabuelo y también me hizo mucha ilusión, porque es una manera de traerlos al presente. Todo se olvida rapidísimo.

P. Su padre no fue músico, pero también amaba la música…

R. Sí, ¡además era cantaor flamenco! (sonríe). Él me llevó a mi primera clase de música y nunca me dijo que dejara de hacer lo que yo quería hacer. Eso es muy importante, porque hay mucha gente de mi generación a la que sus padres le decían: "¿Por qué no estudias tal o cual cosa?". A mí nunca. Al contrario.

P. Su hijo toca el violín. ¿Se ve reflejado en la ilusión de Pablo?

R. Claro, me gusta verle. Yo nunca le he animado especialmente y él se decidió por la música y por el violín. Como decía antes, en nuestra casa es habitual. Mi hermano Álvaro estudió guitarra y mi hermano Pablo, además de Filología Hispánica y Musicología, estudió piano y acaba de terminar clave en el conservatorio. Ahora va a hacer órgano.

 "Yo no soy un pianista que escribe, ni soy un escritor que toca"

P. ¿Cómo es el primer diálogo con esas partituras que a veces llevaban décadas mudas u olvidadas en un cajón?

R. Yo me dedico a la música contemporánea y en particular a la española, pero es cierto que he tocado mucha música de compositores olvidados de los primeros años del siglo XX, autores de esa época muy interesantes. Cuando empiezo a leer una obra, lo primero que siento es una gran tristeza porque esté totalmente olvidada, y porque esta música sea tan difícil de volver a llevar a las salas de conciertos para que forme parte de nuestro patrimonio musical. En Castilla y León, y en Valladolid concretamente, tenemos un patrimonio cultural increíble de todo tipo, pero el musical está muy marginado. Ahora mismo, cualquier persona mínimamente culta sabría decir en Valladolid el nombre de tres escritores vallisoletanos, pero tres compositores sería muy difícil; sería imposible.

P. ¿Se encuentra en una época de madurez y serenidad? ¿Qué busca ahora en la música que no buscaba hace dos o tres décadas?

R. Una de las cosas más interesantes de dedicarse a algo así es que eres consciente de que el camino es infinito. Ayer, casualmente, leía una frase en la que Cézanne decía, un mes antes de morir: "Creo que al fin voy haciendo tímidos progresos". Y a mí me parece que es así. Es un camino tan difícil, tan largo y tan complejo... Joaquín Achúcarro, el pianista, siempre dice que hay que mirar atrás para ver que uno ha avanzado, porque de lo contrario parecería que estás en el mismo punto. La búsqueda es permanente. Francisco Pino decía que "los santos y los poetas siempre están en camino". Eso es así. Y lejos de ser algo angustioso, es en ese camino donde hay que encontrar el placer.

P. Y en ese camino también hay ausencias. Así se titula su último libro (‘Ausencias en camino’, 2024)...

R. El título responde a la sensación que tengo de que todos somos ausencias en camino. Cuando llegamos a este mundo, este empieza a desaparecer. Llegan otras personas fantásticas, maravillosas, las personas que más queremos, que son nuestros hijos; pero el mundo al que llegamos empieza a desaparecer. Todos somos ausencias en camino.

P. ¿Cómo ocupa el tiempo Diego Fernández Magdaleno entre la música, la lectura y la escritura?

R. Me dedico exclusivamente a ello durante todo el día. La pregunta que más me hacen es por qué vivo en Medina de Rioseco. No es que prefiera un sitio pequeño por sistema, porque si viviera en Madrid viviría en la capital, no en un pueblo de la sierra. A mí lo que me gusta es vivir en Rioseco, en este lugar, no en otro. Necesito tiempo y silencio. Sin solución de continuidad, sin fronteras, voy de una cosa a otra. Me gusta esa rutina porque es donde encuentro lo extraordinario. Tengo una vida ordenada; sin disciplina no es posible este trabajo.

P. Ha recibido premios tan prestigiosos como el Nacional de Música o la Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, pero también otros mucho más cercanos y cariñosos. ¿Qué significan para usted?

R. Una gratitud enorme y una exigencia. Siento que tengo que estar a la altura del reconocimiento que recibo.

P. ¿Cuáles son sus siguientes proyectos?

R. Estoy escribiendo diarios y poemas. También estoy en un proyecto que presentaré en octubre con un programa dedicado a Miguel Delibes, con música nueva dedicada a él, música que le gustaba y de compositores con los que trató. Se estrenará en el Centro Cultural Miguel Delibes.

0 Comentarios

* Los comentarios sin iniciar sesión estarán a la espera de aprobación
Mobile App
X

Descarga la app de Grupo Tribuna

y estarás más cerca de toda nuestra actualidad.

Mobile App