Fue prisión real y el emperador Carlos V, en 1540, lo convirtió en un archivo que amplió Felipe II y que actualmente guarda 78.000 unidades documentales
Castillos que hablan (XIV): Simancas, el archivo histórico que custodia trece kilómetros de legajos
Fue prisión real y el emperador Carlos V, en 1540, lo convirtió en un archivo que amplió Felipe II y que actualmente guarda 78.000 unidades documentales
Soy el castillo de Simancas.
Os saludo desde mi privilegiada ubicación, a orillas del Pisuerga, en una plaza que siempre interesó por su confluencia estratégica. Fui levantado en 1470 por los duques de Rioseco, los Almirantes de Castilla. Una década después, esta poderosa familia tuvo que entregarme a los Reyes Católicos y, desde entonces, pasé a formar parte de la corona con varios usos: depósito de dinero y de armas, pero sobre todo como prisión real de máxima seguridad, con huéspedes tan ilustres como el obispo Antonio de Acuña, destacado líder de los comuneros, al que dieron garrote tras matar a su carcelero e intentar escapar de su encierro.
Soy el fruto de varias etapas constructivas, con una estampa de lugar inexpugnable, con mi amplio foso y barrera artillera, atravesada solo por dos puertas. El blanco de mi piedra contrasta con el gris de mis cubiertas. Me organizo en torno a un patio central, con tres torreones y un cuarto con estructura de casamata. Destaca en mi interior una preciosa capilla con bóveda de crucería gótica donde no faltan los escudos de mis primeros señores, los Enríquez y los Velasco.

ARCHIVO DE CARLOS V
1540 es la fecha que cambiara mi sino. El emperador Carlos V decide custodiar en mi ser todos los documentos personales que estaban dispersos, como testamentos, capitulaciones matrimoniales, bulas, sentencias judiciales, compraventas, tratados internacionales… Me convertía así en su archivo, función que ya no he abandonado en estos últimos cinco siglos.
Aún conservo esa estructura de armarios de madera para guardar la documentación ubicada en la torre que se conoce como cubo del archivo. Su hijo Felipe II sigue el mismo patrón e instala en una cámara inferior a la de su progenitor su propio habitáculo para custodiar los legajos.
Aún se pueden contemplar algunas arquetas originales de mitad del siglo XVI para la guarda de documentos. Fue tal el volumen de documentación que comenzó a llegarme que el propio Felipe II, ya saben el mismo en cuyo imperio no se ponía el sol, decide comenzar una reforma integral de mi edificio, encargada al arquitecto real Juan de Herrera, que no se completaría hasta el siglo XVII. Me añaden dos grandes pabellones destinados a depósitos con dos magnas salas rectangulares con ingeniosas estructuras envolventes de armarios de madera.

PRIMER REGLAMENTO DEL ARCHIVO: 1588
Surgía así el gran archivo general de la monarquía, al que el propio Felipe II le dota en 1588 del primer reglamento, donde se detalla su organización y funcionamiento: desde la limpieza de los depósitos hasta la expedición de copias, estableciendo las horas de trabajo que coincidían con las de luz natural, para evitar el uso de fuego, o importantes sistemas de seguridad.
En 1844, en época de Isabel II, mi archivo dejó de ser administrativo para convertirse en histórico, siempre al servicio de la investigación y la cultura. Una función que he cumplido a rajatabla hasta la actualidad, salvo tres años -durante la invasión francesa- en la que serví como cuartel de los batallones galos. Ellos se llevaron más de 4.000 legajos que, afortunadamente, devolvieron en dos épocas.
Joaquín Pérez, mi subdirector, desvela que el documento más antiguo que conservo es "un privilegio rodado de Alfonso VIII de 1189". Aunque destaca que las dos joyas más importantes que aquí se guardan son "los testamentos de Isabel I y de Carlos II". Pero también mis muros archivan verdaderos tesoros únicos y también curiosidades como muestrarios de todo tipo, por ejemplo, de tejidos del siglo XVIII, una imponente colección de mapas, planos y dibujos y hasta un colmillo del príncipe Fernando de Nápoles, que fue enviado a su padre, el rey Carlos III, entre otros objetos extraños y singulares.

BÚNKER DE HORMIGÓN ARMADO
En la segunda parte del siglo XX aumenta exponencialmente la labor investigadora, pero no será hasta principios del siglo XXI cuando se acometa la definitiva y radical transformación de mi interior: un auténtico búnker de hormigón armado de siete plantas, instalado en mi antiguo pabellón dedicado a vivienda del archivero, que conserva toda la documentación entre extremas medidas de seguridad. Son más de 78.000 legajos 13.580 metros de estanterías. "No es el más grande, pero sí el más destacado del país", dice el subdirector.
Pocos castillos en España pueden presumir, como yo, de haber tenido una función permanente e ininterrumpida en estos 500 años. Hoy, querido visitante, puedes acercarte para descubrir una verdadera crónica de piedra y memoria, de tinta y papel. Si te aproximas en silencio a mis piedras seguramente puedas escuchar el susurro de cientos de secretos de Estado y el recuerdo de una historia gloriosa que ya no volverá, pero que se conserva inalterable en miles de legajos.
Soy el Archivo General, soy el Castillo de Simancas.

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