Dos procesiones abren la antesala de la Semana Santa con recogimiento, historia y una emoción que camina entre piedra y penumbra
Sábado de Pasión en Valladolid: el latido íntimo que precede al silencio
Dos procesiones abren la antesala de la Semana Santa con recogimiento, historia y una emoción que camina entre piedra y penumbra
La tarde cae despacio sobre Valladolid y, con ella, comienza a respirarse ese aire contenido que anuncia la Semana Santa. No hay todavía estruendo ni multitudes desbordadas, pero sí un pulso íntimo, casi susurrado, que se adueña de calles estrechas y plazas históricas. El Sábado de Pasión es eso: una antesala recogida, un prólogo cargado de simbolismo donde la ciudad empieza a latir al ritmo de los pasos.
El Cristo encontrado que volvió para quedarse
A las seis en punto, las puertas de la iglesia Penitencial de la Santa Vera Cruz se abren con solemnidad. La Hermandad del Santo Cristo de los Artilleros inicia su caminar con paso firme, casi militar, pero profundamente devocional. Las calles de Platería y Rúa Oscura se convierten en un corredor de silencio expectante, donde el sonido de los tambores de la Banda CCyTT Pureza se mezcla con el eco de los pasos sobre el adoquín.
El destino es el Palacio Real. Allí aguarda una historia singular, casi providencial. El Cristo de la Misión, ese Ecce Homo rescatado del olvido tras aparecer en un polvorín en tierras burgalesas, regresa cada año al corazón de la ciudad convertido en símbolo de redención y memoria. Una imagen reconstruida, literalmente, para volver a procesionar, como si la fe misma hubiera decidido recomponerla.
Cuando los cofrades lo alzan a hombros, la escena adquiere una fuerza sobrecogedora. La túnica encarnada se balancea levemente, y el rostro -atribuido a Juan Sánchez Barba- parece dialogar en silencio con quienes lo contemplan. Hay algo profundamente humano en esa mirada, algo que conecta con la esencia misma de la Pasión.

El cortejo avanza entre San Quirce y San Ignacio, entre conventos y plazas que parecen guardar siglos de oración. En el convento de Santa Isabel de Hungría, el Acto Penitencial detiene el tiempo.
El regreso al Palacio Real, con el acto de despedida, tiene algo de despedida íntima, casi doméstica. Y después, de nuevo a la calle, donde Valladolid ya ha cambiado: la noche empieza a imponerse y la ciudad se recoge en sí misma mientras la procesión regresa a la Vera Cruz, cerrando un recorrido que es tanto físico como espiritual.
Cinco llagas, cinco estaciones de fe
Apenas una hora después, desde la iglesia de San Quirce y Santa Julita, la tarde se adentra en un segundo acto de profunda carga simbólica. La Procesión del Ejercicio Público de las Cinco Llagas pone en la calle una de las devociones más sobrias y antiguas de la ciudad.
El Santo Cristo de las Cinco Llagas, portado a hombros, emerge en la plaza de la Trinidad como una presencia serena y desgarradora a la vez. La talla, atribuida a Manuel Álvarez, muestra a un Cristo ya muerto, con el cuerpo vencido pero lleno de una extraña dulzura. No hay estridencia en su dolor, sino una calma que estremece.

El recorrido se convierte en una catequesis en movimiento al que acompaña la Agrupación Musical 'Santísimo Cristo del Perdón'. Cada parada, cada convento, cada rincón -Santa Teresa, la Concepción, Santa Isabel- marca una de las llagas en las que se eleva un rezo.
Los cofrades avanzan con precisión, mientras los fieles acompañan con respeto, sabiendo que no es solo una procesión, sino un ejercicio espiritual que atraviesa siglos.
El regreso a la plaza de la Trinidad, pasando por San Nicolás, cierra el círculo. La quinta llaga se consuma y con ella se sella un itinerario que no solo recorre Valladolid, sino también la memoria devocional de sus gentes.
La jornada ha estado marcada por la Hermandad del Santo Cristo de los Artilleros y la del Ejercicio Público de las Cinco Llagas
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