Lo que se compra en silencio
En febrero de 2026, Estados Unidos e Israel iniciaron ataques militares contra Irán, y el estrecho de Ormuz, por el que transita el 20% del petróleo y el gas mundiales, quedó cerrado. Existe documentación verificable sobre quién impulsó esta guerra, con qué dinero y a cambio de qué. No señala a estados ni a generales: señala a actores privados que nadie eligió y que no responderán ante nadie por las consecuencias. Esa es la pregunta que las democracias occidentales llevan décadas evitando: no quién firma la política exterior, sino quién la diseña y quién decide qué es pensable y qué no.
El Brent ha subido más de un 80% desde el inicio de los ataques y el gas europeo acumula un 50% de incremento en dos semanas, con reservas en mínimos históricos. El ciudadano europeo ya está pagando en su factura las consecuencias de una decisión que no votó, que no controla y sobre la que ninguna institución democrática le ofrece mecanismo de exigencia ni de reversión.
El 17 de marzo de 2026, Joe Kent -director del Centro Nacional Contraterrorismo y hombre de máxima confianza de Trump- dimitió. En su carta escribió que "es evidente que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense". Lo escribió el máximo responsable antiterrorista de la administración, no un activista. Trump lo llamó "débil". Nadie respondió a los hechos. La secuencia -confesión, descalificación, silencio- es el diagnóstico del problema que Kent nombraba.

El problema no es Trump, aunque Trump lo ilustre con una transparencia involuntaria que ningún analista habría podido fabricar. El problema es estructural. Las democracias liberales han construido, con perfecta legalidad, un sistema donde la influencia privada sobre las decisiones públicas está institucionalizada. Los lobbies no corrompen el sistema: son el sistema. Y cuando ese sistema opera en la región energética más sensible del planeta, la distancia entre "influencia legítima" y "captura del Estado" se mide en euros por megavatio hora.
El caso del lobby pro-israelí en EE.UU es el más documentado. Sheldon Adelson -magnate del juego, el hombre más rico de Israel, financiador histórico del Partido Republicano- invirtió 20 millones de dólares en llevar a Trump a la Casa Blanca en 2016. A cambio, según documentó Maggie Haberman en el libro 'El Camaleón. La invención de Trump', obtuvo el traslado de la embajada a Jerusalén. Cuando Trump lo confesó ante el Knesset (Parlamento israelí) en octubre de 2025, señalando a Miriam Adelson en la tribuna, lo hizo con estas palabras exactas: "Miriam y Sheldon venían a la Oficina Oval, me llamaban. Creo que tuvieron más visitas a la Casa Blanca que nadie". Y añadió que ella se había negado a responder cuando le preguntó qué amaba más, si Israel o Estados Unidos. La sala aplaudió. Lo revelador no es la transacción: es que ya nadie la considera escandalosa. La captura es tan completa que ha dejado de necesitar disimulo.
Pero la dimensión más perturbadora no es la compra de políticos. Es la compra del espacio donde la disidencia era posible. AIPAC gastó 127 millones de dólares en 2024 -cifra récord para un lobby de política exterior- con un objetivo concreto: eliminar en primarias demócratas a los congresistas que pedían un embargo de armas a Israel. Lo consiguió. El mecanismo tiene una elegancia perversa: no hace falta controlar a todos los políticos si garantizas que los díscolos nunca lleguen a serlo. Eso no es lobby. Es la arquitectura del silencio.
No es un fenómeno nuevo. Judith Butler, filósofa estadounidense de origen judío, argumentó en 'Parting Ways' (2012) -aún sin traducción al español- que silenciar la crítica a Israel daña la pluralidad del propio debate judío. Stefan Zweig, suicidado en el exilio huyendo del nacionalismo que había visto nacer, describió en 'El mundo de ayer' cómo la absolutización de la identidad convierte la lealtad en dogma. Einstein y Hannah Arendt lo advirtieron en 1948: quienes hablan en nombre de un pueblo entero para legitimar lo que ese pueblo no ha elegido repiten siempre el mismo mecanismo. Fueron ignorados.

El 'Trato del Siglo' de Kushner -yerno de Trump, abogado inmobiliario sin experiencia diplomática y financiador de asentamientos ilegales en Cisjordania- fue la culminación lógica: una propuesta diseñada sin palestinos que legalizaba los asentamientos y ofrecía a cambio una entidad desmilitarizada sin continuidad territorial. El Carnegie Endowment for International Peace lo llamó "el robo del siglo". Nadie con poder real lo detuvo.
El patrón no es exclusivo de Washington. En noviembre de 2024, militares israelíes retirados se reunieron con 19 eurodiputados en el Parlamento Europeo sin acreditación ni registro, según 'Follow the Money'. Fue ignorado. A ambos lados del Atlántico el mecanismo es idéntico: ver, callar y facturar.
Lo más perturbador de este modelo no es su escala internacional. Es su capacidad pedagógica. Ha demostrado que funciona, que es legal y que no tiene coste reputacional, y eso lo convierte en un manual que otros replican: lobbies farmacéuticos, energéticos, inmobiliarios, culturales. La misma lógica opera en parlamentos regionales, colegios profesionales, municipios. No hace falta corromper a nadie. Basta con financiar a quien conviene, silenciar a quien molesta y normalizar la erosión antes de que nadie haya decidido aceptarla. Y así, sin que nadie lo haya votado ni lo pueda revertir, el ciudadano europeo que paga hoy su factura de gas está pagando las consecuencias de decisiones tomadas en la Oficina Oval durante visitas que, en palabras del propio Trump, "nadie tuvo más que ellos". Eso no es geopolítica. Es la externalización de una agenda privada sobre el conjunto de la sociedad. Nombrarla, con datos y sin eufemismos, es el primer acto de resistencia que una democracia puede ejercer.
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