Nueva entrega, como cada martes, de la sección 'Mientras el aire es nuestro', escrita por Juan González-Posada
¡Recapacitad!
Nueva entrega, como cada martes, de la sección 'Mientras el aire es nuestro', escrita por Juan González-Posada
La guerra no comienza con el primer disparo. Comienza cuando se construye como inevitable, cuando se organiza para controlar economías, territorios y gobiernos, y cuando sociedades enteras aceptan que matar puede convertirse en un medio legítimo. La violencia armada es solo la fase visible de un proceso más complejo de planificación, manipulación y control.
En 1904, el escritor Lev Tolstói lo formuló con una claridad que sigue interpelando en ¡Recapacitad!:
"De nuevo la guerra. De nuevo sufrimientos, innecesarios para nadie, absolutamente sin sentido; de nuevo el engaño, de nuevo el embrutecimiento y la animalización de los hombres. Se engaña a la gente, se le dice que es por la patria, por el honor, por la gloria, pero lo cierto es que hombres que no se conocen entre sí, por centenares de miles, se ponen en marcha para matar y lisiar a otros hombres a quienes no conocen y de quienes no han recibido mal alguno; y todo esto para que un puñado de personas -que ni siquiera irán a la guerra- puedan satisfacer sus ambiciones o sus intereses económicos".
Tolstói identificaba los elementos que sostienen cualquier guerra: la narrativa que la hace parecer necesaria, la separación entre quienes deciden y quienes ejecutan y la abstracción de los fines que convierte la violencia en deber. Su denuncia no es solo moral: es estructural. La guerra no es un accidente; es el resultado de decisiones deliberadas. Tolstói no propuso un programa geopolítico alternativo, sino un método analítico y una interpelación intelectual: examinar críticamente los supuestos que presentan la violencia como inevitable.
Los conflictos contemporáneos confirman esta lógica. En Ucrania, Irak o Irán, la guerra ha sido precedida por procesos de preparación y legitimación sustentados en la mentira fundamental que la presenta como inevitable. Sus consecuencias han sido la muerte y las heridas de miles de soldados y civiles, así como la destrucción de ciudades, infraestructuras y entornos civiles. La guerra en Gaza representa un caso extremo: operaciones militares organizadas han derivado en un genocidio efectivo, con muerte y heridas entre la población civil y devastación generalizada, donde la violencia se instrumentaliza para sostener la posición de un bando sobre otro.
El lenguaje contemporáneo habla de seguridad estratégica, estabilidad regional o defensa de intereses nacionales. Estas categorías describen realidades complejas, pero también cumplen una función: presentar decisiones contingentes como inevitables y ocultar la intención de imponer control sobre recursos, territorios e instituciones. Liderazgos como los de Donald Trump, Benjamín Netanyahu o Vladímir Putin se perciben a menudo como factores determinantes. Sin embargo, la perspectiva tolstoyana obliga a mirar también las estructuras que condicionan sus decisiones: poder, alianzas, industrias de defensa y normas internacionales.
La lógica descrita en 1904 sigue vigente. La guerra depende de narrativas que la presentan como necesarias, de sociedades que aceptan esa ficción y de estructuras que distribuyen de forma profundamente desigual los riesgos y beneficios. La violencia organizada no es un accidente: es un instrumento deliberadamente diseñado por quienes deciden y promueven la guerra, beneficiando a unos pocos mientras impone sufrimiento masivo a soldados, civiles y comunidades enteras. Quienes son enviados a combatir no conocen a sus víctimas ni participan en la definición de los objetivos; la "animalización" que denunciaba Tolstói no es un retroceso primitivo, sino la despersonalización sistemática producida por la propia estructura de la guerra.
La cuestión central no es si existen amenazas reales ni si hay dirigentes dispuestos a ejercer la fuerza. Siempre los ha habido. El problema es bajo qué circunstancias las sociedades aceptan que la violencia organizada se convierta en un instrumento ordinario de la política. La retórica de la necesidad reduce el espacio de deliberación y convierte decisiones en destinos. Recapacitar, según Tolstói, no significa desconocer la complejidad geopolítica ni adoptar posiciones ingenuas, sino examinar críticamente los supuestos que presentan determinadas acciones como inevitables: ¿quién define la amenaza? ¿quién asume el coste humano? ¿quién obtiene el beneficio estratégico o económico? Estas preguntas no eliminan los conflictos, pero introducen la dimensión de responsabilidad que el lenguaje técnico suele diluir.
La guerra requiere una narrativa legitimadora, una población que la interiorice y estructuras que distribuyan de forma asimétrica riesgos y beneficios. La sofisticación tecnológica convive con la misma separación entre decisión y sacrificio. Incluso en un escenario marcado por liderazgos fuertes y tensiones acumuladas, el análisis estructural resulta más fecundo que la condena individual: los actores cambian, pero los dispositivos de legitimación permanecen. La violencia organizada no es una anomalía del sistema internacional, sino una posibilidad inscrita en su funcionamiento ordinario.
Por ello, la llamada a "recapacitar" no es una exhortación moral abstracta, sino una exigencia intelectual concreta: interrumpir la inercia que convierte la destrucción en una opción políticamente viable. Antes de alinearse, conviene examinar el mecanismo que transforma decisiones políticas en sacrificios humanos masivos y exigir rendición de cuentas a quienes la promueven.
La civilización no se mide solo por su capacidad de organizar la fuerza, sino por su disposición a limitarla incluso cuando quienes detentan el poder consideran que utilizarla les beneficia.
La pregunta de Tolstói sigue abierta: ¿en qué momento aceptamos que la muerte de desconocidos se convierta en un medio razonable para alcanzar fines abstractos?
Mientras esa pregunta no encuentre una respuesta y las sociedades no exijan responsabilidades a quienes promueven la guerra, esta seguirá comenzando mucho antes de que se escuche el primer disparo y seguirá cobrándose la vida de quienes nunca participaron en la decisión de iniciarla. necesidad de recurrir a la condena moral directa.
David Van Bylen y Mr. Kitos abrirán el fin de semana musical antes del festival del 21 de marzo en la Feria de Valladolid
Los documentales Mudras y Ganas de vivir y la serie Cochinas refuerzan la proyección audiovisual de la ciudad
La obra ganadora será publicada por Editorial Menoscuarto y presentada en la Feria del Libro de Valladolid








