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El día del Watusi
Durante el espectáculo sientes rabia, emoción, malos y buenos ratos. Aunque a veces te pierdas, no pasa nada
Se entra en el LAVA a las 6 de tarde, nevando y se sale cerca de las diez y media de la noche. Todo comienza el día 15 de agosto de 1971. Fernando Atienza y su amigo Pepito el Yeyé buscan por Barcelona al Watusi para avisarle de que le buscan por violación y asesinato de la hija del cabecilla del barrio.
Los intérpretes de El día de Watusi poseen la genialidad de que todo lo hacen con una facilidad pasmosa, como quien respira, o abre una puerta. Están tocados por la gracia. El homenaje que realizan a Francisco Casavella, autor de la novela, que murió de repente a los cuarenta y cinco años, es memorable. A partir de aquí, que se prepare el espectador, para lo que se le viene encima. Aparecen en escena los barrios bajos de Barcelona, la sociedad alta y la baja y la política. Y la música.
Todo, todo, lo tienen aprendidísimo. Parecen que algunos momentos improvisan, pero no. Una de las cosas que más me ha sorprendido de El día de Watusi es la capacidad que tienen estas actrices y estos actores para crear intimidad, modular sus tonos, y hacer durante el tiempo que dura la obra que aquello ilumine el patio de butacas como un globo de papel transparente en el cielo de verano.
El día del Watusi es un bosque de palabras, una emboscada a veces vociferante, otras susurrante que causa estrépito y deja muchas veces al espectador, mudo, sin saber que decir ni qué partido tomar.
Hay mucho disfrute en el día del Watusi. Durante el espectáculo sientes rabia, emoción, malos y buenos ratos. Aunque a veces te pierdas, no pasa nada. Allí ahí fugitivos destellos de vidas destrozadas que nos recuerdan que en este mundo nada es lineal, ni permanente, ni simple ni sencillo.
Porque aquí se habla de la vida, de personajes corrientes que se transforman, muchas veces a su pesar en otra cosa, en prototipos del teatro del bueno. Ese intento fracasado del teatro por cerrar heridas y favorecer la cohesión social aquí en Watusi se hace presente.
Se pueden decir muchas cosas de esta obra, pero tengo que decir que admiro la ambición y el empeño de Iván Morales, el director y el adaptador de la obra por meterse en este jardín. La extenuante entrega de todo el elenco, su sobriedad, sus poliédricas actuaciones, esta gente sabe hacer de todo. La dirección musical de Jordi Busquets, excelente, el espacio sonoro de Jose Novoa, intuitivo, salvaje, y la iluminación de Ana Rovira fluye como un río salvaje.
Esta obra tiene de todo, que cada uno elija su propio menú.
Durante el espectáculo sientes rabia, emoción, malos y buenos ratos. Aunque a veces te pierdas, no pasa nada
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