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Un tranvía llamado deseo
Nueva entrega de 'Palabras contra el olvido' que comparte, como cada lunes, Ágreda en TRIBUNA
Nathalie Poza es una gran actriz, apasionada, honesta, compleja. Todo su cuerpo es territorio Blanche Dubois. Blanche es Nathalie Poza. El cuerpo trae toda la verdad de su personaje. Su cuerpo no miente. Un tranvía llamado deseo que esta noche estoy viendo en el Teatro Calderón, es una obra incendiaria gracias a Nathalie Poza. Solo gracias a ella. Es imposible no admirarla durante los ciento y pico minutos que dura la obra.
Marlon Brando, presente toda la noche en la cabeza de los espectadores, que buena pareja hubiera hecho con Nathalie Poza, la glamourizó, como diría el maestro Marcos Ordoñez, en el teatro en 1947 y luego en el cine en 1951. Marlon fue el protagonista absoluto de la función. Todos, mientras estábamos viendo a Kowalski, estábamos echando de menos a Brando.
El Kowalski que hace Pablo Derqui está aguado. La vestimenta, los ademanes, el cómo se mueve por las tablas no se parece al que tenemos los espectadores en la imaginación. Kowalski es vengativo, macarra, violento. Y hace un personaje sin luz, triste y sin fuerza.
La obra avanza y Natalie Poza (Blanche) es un animal herido, vulnerable, con los nervios a flor de piel. Conmovedor, en definitiva. La falta de química entre Poza, (Blanche), Derqui (Kowalski) y María Vázquez (Stella) es una remora. No hay deseo por ninguna parte. Y eso que Poza tiene magia, química y talento para regalar.
Su interpretación me hipnotizó, su forma de caminar, de vestirse, de beber, no buscaba lucirse, lo que realmente buscaba era trasladar al patio de butacas la verdad de su personaje y lo consiguió, claro que lo consiguió. Esa sencillez solo está a la altura de una de las grandes actrices que pisan los teatros del mundo.
Un tranvía llamado deseo es la historia de una mujer que ha perdido todo, que lucha hasta el final para poder darse un baño caliente. Uno sale del teatro con el corazón encogido. Esos paseos por el pasillo central del Teatro Calderón se tenían que proyectar en las escuelas de arte todos los cursos.
El Mitch que hace Jorge Usón no me sedujo en ningún momento. Ni parecía que estuviera borracho, cuando tenía que estarlo, y esas flores de plástico que entregó a Blanche merecen un arresto domiciliario.
María Vázquez es Stella, una sufridora nata. No sabe si perdonar al macarra de su marido o irse con su hermana, su falta de personalidad reflejada con hondura y verdad durante algunos pasajes de la obra, otorgó brillantez a su personaje.
La atmósfera de la obra resultó adecuadísima: las luces, la música y el vestuario de Poza estuvieron a la altura. ¡Bravo por Nathalie Poza!
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