Cyl dots mini

Una gran emoción política

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid sobre La Phármaco.

La cita con La Phármaco es en el Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA). Es sábado y hay expectación por ver en que depararán los 70 minutos que dura el espectáculo. Es evidente -lo que se ve no se pregunta- que lo más importante es el movimiento. Todo aquí pasa por el cuerpo, hay que moverse al son de la música en directo – gran hallazgo- y tomar posiciones. Todo  es físico.

 

La propuesta que ofrece La Phármaco no es tanto intelectual como sensorial. Por eso los primeros minutos resultan repetitivos y sosos. Mucho ruido y pocas nueces. Siempre hay un hilo invisible en relación con las cosas que nos hacen disfrutar de lo que está pasando en escena que es a fin de cuentas para lo que sale uno de casa. Es importante que aquello que se está viendo tenga un sentido.

 

Una gran emoción política alude a ese valor del conocimiento que apenas se puede explicar con palabras. Hay que sentirlo. Aunque a fin de cuentas lo difícil no es entender algo sino sumergirte en la relación que tiene el movimiento y el pensamiento que te produce.

 

El silencio produce sentimiento; el ruido frustra. Y es ahí,  en el silencio, donde esta obra resulta brillante. El silencio es la nostalgia, la melancolía, el misterio. No quiero saber todo, no. La historia está en los textos de María Teresa León y habita en las manos y los pies de los figurantes. Porque a este espectáculo lo que le sobra es el grito. El grito agrede e incómoda. Tiene uno la sensación de que le están echando la bronca sin venir a cuento.

 

Y otra cosa que sobra es el exceso de emotividad. Vivimos tiempos de sobredosis de emotividad. La emotividad no necesita criterio y generalmente huye de la razón. Hay que huir del estereotipo. Y no hay mejor manera de huir de él que el conocimiento. Y el pensamiento.

 

Mirar y escuchar es la tarea del espectador. Ya vendrá luego “la digestión”. Por eso se agradece disfrutar de los últimos diez minutos de una gran emoción política. El combate silencioso que se produce entre la mirada del espectador y la muerte y desolación que se produce en el escenario trasmite un espacio increado, metafísico de fusión que da cuerpo y dota de recuerdos al espectador para un tiempo.

 

Porque siempre conviene recelar de emociones ramplonas y respuestas fáciles que vienen en paquetes envueltos en papel de celofán con la palabra “pueblo”.