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Troyanas

Durante los noventa minutos que duró la obra de teatro no encontré disfrute por ninguna parte. El vestuario de Nacho Fresneda parecía sacado de su propio armario y eso es muy malo para la industria. Entré al teatro de una manera y salí igual. La experiencia estética y emocional que se supone tiene que tener el teatro brilló por su ausencia.

FICHA TECNICA. Valladolid. Teatro Calderón. Troyanas de Eurípides. Traducción y versión: Alberto Conejero. Dirección: Carmen Portaceli. Asesoría de Texto: Margarita Borja. Escenografía: Paco Azorín. Reparto: Maggie Civantos, Alba Flores, Gabriela Ozores, Nacho Fresneda. Miriam Iscla, Pepa López y Aitana Sánchez Gijón.

 

Al amanecer. Al fondo puede verse la ciudad de Troya en ruinas que todavía arde y humea, con las murallas y la acrópolis claramente visibles a lo largo de la obra. Los griegos han matado a todos los hombres y tienen la intención someter a la esclavitud a todas las mujeres troyanas… Así comienza la obra de Eurípides según la traducción de Juan Miguel Labiano. Qué decepción, Virgen Santa, que diría Marcos Ordoñez, porque esta noche a esta obra le falta alma. Alma entendida como aliento, respiración, credibilidad, vida en definitiva. Y verosimilitud.

 

Desde que me senté en la butaca sólo pedía que las actrices tuvieran por caridad una modesta verosimilitud. Pero nada, allí cada una hacía la guerra por su cuenta, valga la redundancia. Tuve la impresión de que estaba funcionando el piloto automático y eso es mal asunto. He aplaudido en otras ocasiones a Aitana Sánchez-Gijón, pero esta vez me pareció que actuaba con la voz prestada por Nuria Espert, que no era ella. Por este teatro han pasado artistas, me acuerdo de Carmen del Conte, que siendo igual de interesantes, por lo menos, no tienen en los medios la misma visibilidad.

 

El criterio para hablar de una artista no debería ser solo su fama o su valor mercantil. Destacaría especialmente a Alba Flores que me pareció una actriz con encanto, luminosidad, entrega, todavía algo forzada en los pasajes emocionales, su único punto flaco. La escenografía de Paco Azorín apocalíptica y sucinta no arrojó ninguna sorpresa. Cuando un escenógrafo solo tiene en cuenta la estética, algo chirría. El espacio es la dramaturgia de la escenografía. Y adolece también esta obra de verdad. Nadie está convencido de lo que hace y deja en el limbo el posicionamiento del espectador que no sabe a qué atenerse. Esto no quita para el público que abarrota el teatro aplauda y grite ¡bravo, bravo! puesto en pie.

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