The Hole Zero: The End

Lo mejor que tiene The Hole es la música. Y lo peor son las palabras. Palabras del maestro de ceremonia desafortunadas, a destiempo y fuera de lugar. Cuando habla Manu Badenes el espectáculo baja a Segunda División B. ¿No se ha dado cuenta todavía? Menos mal que entran al rescate Txabi Franquesa, La Diva y otros.

 

Hay momentos poderosos y bellos dentro del espectáculo The Hole y otros que hubieran quedado mejor en alguna película de Pajares y Esteso. Esos chistes sobre la suegra están pasados de moda y resultan a estas alturas antipáticos. Sin embargo, cuando aparecen los números circenses el espectáculo se coloca a la altura de la expectación del espectador.

 

Los números que protagonizan el Dúo Maleshin y Rueda de la Muerte provocan la admiración y el júbilo del público que aplaude a rabiar y se escucha el ¡Oh, Oh!, en el patio de butacas. Siempre los números circenses han tenido su público y lo seguirán teniendo gracias a las dosis de incertidumbre, peligrosidad y riesgo que llevan consigo. El aplauso al final de cada número celebra el éxito de la prueba y el artista convertido en héroe repentino devuelve con una sonrisa el agradecimiento.

 

Los cuerpos narran historias y las canciones del año 80 (estamos celebrando el final del año 1979 y la venida del 1980) encierran anhelos. ¿Se puede ser feliz a posteriori y contradecir esa máxima que dice que la felicidad está en el presente? Seguro que sí. Las canciones que esta noche se escuchan nos sirven de consuelo y de regocijo al mismo tiempo. Vamos, que te ponen buen cuerpo.

 

Un público bullanguero que esperaba con todo el derecho del mundo ser retribuido por su préstamo de atención fue correspondido y salió satisfecho del Teatro Calderón. Hay ciertos espectáculos que tienen sus seguidores, como ciertos toreros tienen los suyos. Y ese es su capital social que tienen que cuidar.

 

Lo mejor que tiene The Hole es esa invitación al optimismo, a la alegría compartida, a abrazarse, a cantar, a entender la vida en definitiva como una forma de dicha. Había parejas que se besaban como si se estuvieran despidiendo en un aeropuerto y otras que bailaban y cantaban como si estuvieran en Nochevieja.

 

Los corazones de todos los presentes se hicieron comunitarios; los afectos se entrelazaban con los compañeros de butaca, nos lo estábamos pasando bien, entretenidos, nadie tenía ganas de irse a casa. Era sábado y había que celebrarlo.