Teatro sonajero
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Teatro sonajero

Decía Hannah Arendt que el teatro es la más política de las artes, porque consiste en decir y escuchar, como la democracia. El teatro es un oficio que requiere tiempo y experiencia

Ficha Técnica: Teatro Calderón. Escenas de caza. Dirección: Alberto Velasco. Dramaturgia: María Velasco. Reparto: Carmen Del Conte, Karmen Garay, Rubén Frías, Borja Maestre y otros. Escenografía: Alessio Meloni. Produce: Maldita compañía.

 

La tolerancia está en la lengua. Y el sectarismo. La lengua es aquello a través de lo cual se articula el pensamiento: no es neutra. El que piensa explota todos los recursos de la lengua. En los primeros seis minutos de Escena de caza no había demagogia, y se notaba la riqueza del discurso. Después, el director de la obra, Alberto Velasco se intentó comunicar con el público, básicamente, a través del cuerpo de los actores y después con la palabrería, y no la palabra, que no es lo mismo. Y aquí hizo aguas. Y no porque los actores no entregaran su ser, su alma, su corazón y su cabeza sin saber si al final habrá recompensa. Si no porque nadie pudo utilizar el vocabulario de su propia experiencia. La puesta en escena es opaca, exagerada, a destiempo. El tono desacompasado, triste e inhumano. No hay que olvidar que la función del teatro es la de estimular el pensamiento del espectador, la reflexión y el placer.

 

Y entonces apareció Carmen Del Conte. Su personaje no es dogmático, se transforma. Despliega una energía controlada, precisa y realiza un despliegue técnico de impresión. Con voz tersa, redonda, carnosa, bella, buen fraseo se la escucha y ve en todo el teatro que da gusto. Es un hecho constatable que la performance se ha teatralizado. Esta obra es una prueba de ello.

 

Pero la performance da la casualidad que no representa, presenta: hay una diferencia abismal. Siempre me ha interesado en el teatro más las preguntas que las reivindicaciones. Se lee en el programa de mano… y la humillación más brutal contra todo aquel que se salte la norma establecida. Humillar a alguien, escribe Fernando Savater, es someterle a la arbitrariedad, no al cumplimiento de la ley. Y desde luego se humilla al resto de los ciudadanos que cumple con las leyes para asegurar sus libertades. Una cosa es cierta. La obra no dejó indiferente a nadie.

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