Tapones en los oídos para apaciguar el bullicio de la noche en Valladolid

Terrazas en la plaza de Cantarranas. P. PÉREZ

Los vecinos de la ciudad han creado un colectivo para acabar con el estruendo que se proyecta en algunas zonas del centro. 

Dormir con tapones e incluso abandonar sus hogares son algunas de las consecuencias generadas por el ruido nocturno de muchos bares de Valladolid. La situación se lleva repitiendo durante años, aunque el hartazgo de los vecinos cada vez es más patente. Por ello, el pasado lunes 6 de mayo se creó “de forma espontánea” un colectivo vecinal con el “fin de denunciar esta graves situación y exigir el cumplimiento de las normativas existentes en el área del ruido ambiental”.

 

Los habitantes de zonas como Poniente, Coca, San Miguel o Cantarranas, entre otros lugares, se muestran hartos del problema que aturde sus plácidos sueños durante las largas noches del fin de semana.

 

“Hay muchos vecinos que se quejan por los ruidos e incluso ha habido denuncias”, afirma el conserje de uno de los edificios de la calle San Lorenzo. El bloque se sitúa encima de algunos de los bares más frecuentados de la zona de Poniente, por lo que el ruido es una constante cuando el sol se esconde. Además, el inmueble se encuentra en un lugar donde el eco está presente, por lo que los sonidos se agudizan.

 

El conserje, y vecino de la comunidad, explica que los días más ajetreados en esa zona son los miércoles, “debido a los estudiantes de Erasmus” y los jueves. El fin de semana se apacigua un poco, ya que la fiesta se traslada a sectores más céntricos de la ciudad.

 

San Miguel es otro de los lugares preferidos de los jóvenes. Un joven residente en la plaza explica que tiene que dormir con tapones, pero ni si quiera así puede disfrutar de una noche placentera. Su bloque se encuentra sumergido entre dos bares, además de vivir en el primer piso -el más afectado-.

 

Pese a ello, el vecino manifiesta que la mayor problemática no es la música de los pubs, sino la conglomeración de gente que se encuentra fuera del establecimiento y que se dedican a gritar, romper botellas y dejar la calle llenas de suciedad. “Hay veces que me despierto a las 7:00 horas de la mañana con el vocerío de los último fiesteros que salen del ‘after’”, relata a este medio.

 

Pero sin duda las zonas vallisoletanas con más afluencia son Cantarranas y la calle Marcías de Picavea. Dos habitantes de esta última cuentan a TRIBUNA que la situación es vergonzosa. “La juventud no sabe hablar bajo y se pone a cantar a las tres de la mañana”, expone una de ellas. La vecina señala que las denuncias son constantes, pero los bares cumplen con la legislación actual. “Cambiamos las ventas para hacerlas antirruidos”, revela.

 

Su compañera de bloque cuenta que “ha denunciado muchísimas veces, pero ni caso”. “He pensado incluso en vender el piso. Lo llevo muy mal”. Tanto ella como su marido prefieren pasar los fines de semana en Peñafiel, porque cuando vienen es “imposible dormir”. En ese mismo sentido, relata que el vecino del primero tiene que abandonar su hogar porque no soporta el bullicio de los viernes y sábados.

 

Las residentes también explican que el vado “no se respeta”, aparcando los coches delante de la trasera que da a su garaje. “Eso es horrible. Encima se ponen chulitos. La puerta de uno de los garajes la tuvieran que trasladar hacia fuera porque la gente entraba a mear”, narra una de ellas, que pide cualquier tipo de ayuda para paliar la situación. 

 

¿Lo escuchan? ¿Lo oyen? Es el ruido de los bares de Valladolid. Ahora habrá que prestar atención a quién genera más alboroto: si los jóvenes fiesteros o el hartazgo del colectivo vecinal.