Sostiene Perianes
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Sostiene Perianes

Mi padre era empleado de Riotinto, se llama Diego y ha trabajado como una bestia para darnos un futuro a mí y a mi hermano, José Antonio, que es médico, muy trabajador y que posee la rareza que no se da a menudo en sus colegas: ojo clínico. Como pianista no he hecho otra cosa que ir negociando mi propia identidad, gracias a la música.

FICHA TECNICA: Valladolid. Centro Cultural Miguel Delibes. CCMD. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. OSCyL. Director: Andrew Gourlay. Piano: Javier Perianes. Programa: Joseph Haydn. Sinfonía nº 26. “Lamentatione”. Johannes Brahms. Variaciones sobre un tema de Haydn. Concierto para piano y orquesta nº 1.

 

Jeremy Irons interpreta en la película La Misión a un jesuita que predicaba en la selva amazónica haciendo sonar la flauta –lo recuerdas- y la música se convertía en un lugar de encuentro para convertir a los nativos a la fe cristiana. Los habitantes de la región de Chiquitania, así se conoce actualmente esa región, quedaron prendados de las notas que escucharon y que hoy, sorprendentemente todavía resuenan en los muros de sus iglesias.

 

Javier Perianes ha soltado 88 perlas. Cierra los ojos y toca el piano como quien deja caer un collar de perlas. Sentado y tranquilo está listo para interpretar a Brahms. Las notas saltan al aire junto a esa mirada honesta y franca. Afuera está diluviando, dentro de la Sala Sinfónica reina una agradable expectación.

 

Esta Sala Sinfónica se acaba de convertir en un lugar de encuentro. Un lugar donde se puede escuchar y ser escuchado. Un lugar donde se impone el respeto. Y hay que cumplir unas normas. La primera, estarse quieto. Hay espectadores que no le ven sentido a estarse sentadas, quietas en su butaca hasta el final del concierto. No sé si son conscientes que es condición indispensable respetar al intérprete y tenerle en consideración. Pues cada vez es más frecuente comprobar, que cuando suena la última nota, ya hay ansiosos espectadores que toman las de Villadiego –siempre, lo tengo comprobado son los mismos, generalmente los últimos que llegan y los primero que se marchan- y faltan al respeto al compañero de butaca y a los intérpretes. ¿Por qué? Porque se va el autobús, porque le está esperando su hija con el coche en marcha… Esas no son razones.

 

Es lamentable que una parte del público no sepa apreciar todos los valores de la música. Respeto implica ser tratado y tratar al otro con consideración. Pues eso.

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