Romeo y Julieta y el aburrimiento
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Romeo y Julieta y el aburrimiento

De acuerdo, Romeo y Julieta de William Shakespeare  es una obra excesiva de la que ya sabemos el final, los dos mueren y se acaba la historia. Pero esta obra que vemos esta noche en el  Festival de Teatro Clásico en la Villa de Olmedo en versión y dirección de Alfonso Zurro nace desde el minuto carente de vitalidad, de latido, de emoción, carece de todo. Cundo llevaba quince minutos en la incómoda silla ya tenía ganas de largarme de allí con viento fresco.

 

Tiene esta versión de Zurro tremendos escollos, el primero es que no es creíble, se tiene más la impresión de estar en el salón de actos de un colegio de secundaria viendo la obra de fin de curso que de estar en un festival que pretende poner al teatro clásico en el lugar que se merece pero que no hay tu tía.

 

El segundo escollo es que los personajes sobreactúan y no se salva nadie, nadie. Será que el “contagio escénico" también hace mella en el elenco y para esto, me parece que no hay vacunas que lo solucione. 

 

El tercer escollo es que los personajes carecen de humor, carecen de ironía, carecen de presencia, de voz  que en  la pobre escenografía, además, rebota como un eco y lo amplifica.

 

Y el último escollo, esta versión de Alfonso Zurro necesita urgentemente encontrar el medicamento oportuno para que la insufle vida. El Teatro Clásico de Sevilla ha pinchado en hueso por su culpa, que le vamos hacer.

 

Ángel Palacios (Romeo) y Lara Granados (Julieta) no tienen química y eso hace complicado que todo lo que dice y todo lo que hacen no  llegue al patio de butacas y emocione, inquiete y al público,  le haga pensar que para eso ha ido a ver la obra. Manuel Monteagudo (Fray Lorenzo, Criado) es un auténtico suplicio escucharle, con ese tono lánguido y blandito que no le pega a su papel ni por asomo… Bueno, no  sigo porque esto va a ser una escabechina y quisiera rescatar algo…

 

Pero lo intento y no puedo, imposible. El Teatro Clásico de Sevilla no dejará huella en Olmedo. Al  público que salía a la una de la madrugada del Patio del Caballero de Olmedo, se le había metido ya el frio en los huesos y lo único que quería era llegar a casa, tomarse un Cola-Cao y meterse en la cama y olvidarse de aquello. Qué decepción, Virgen Santa.

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