Roca Rey, un torero excepcional

La crítica de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

“Yo, ante todo me debo a mi público”, repite una y otra vez Roca Rey. Y vive cumpliendo su palabra. Todo el que acude a una plaza de toros, (si vas el domingo a la de Valladolid, lo puedes comprobar) sabe que no lo ha visto todo, hasta que vea a RR. Resulta un privilegio poder disfrutarlo.

 

Se ha ganado el respeto y la admiración de todos por su forma de concebir la tauromaquia. Cuando le ves en la plaza por primera vez sabes que estás ante la presencia de algo importante. A primera vista te sientes intimidado por su figura longilínea y sus andares tan toreros. Todos los que le han visto coinciden en un punto: tiene una personalidad envolvente y un modo extraordinario de enfrentarse a la muerte.

 

El arte es una invención de los griegos, que sólo reconocían al artista en aquello que se asomara al mundo sensible, a la belleza como ideal. RR es por lo tanto, un artista, un torero que transciende. Se torea como se es. El fogonazo que se produce cuando recibe al toro a pies juntos es de una estética sobrecogedora. Y deja la huella, el aroma de otros tiempos que se extiende por los tendidos de la plaza haciendo sentirse a los espectadores privilegiados del momento único, irrepetible.

 

La tauromaquia es vida. Es arte que abre puertas porque se contamina de todo lo que le pasa al ser humano en la tierra. Miedo, triunfo, crítica, aplausos… la tauromaquia es el cosmos entero. Y te enseña a estar en la vida. Todo ella lo abarca. Todo consiste en saber mirar. Viendo torear a RR te das cuenta de las fuentes donde ha bebido, donde ha aprendido. Los toreros siempre beben de otros toreros porque la memoria es la base de la tauromaquia.

 

El torero, como ser humano sabe que es mortal. Y por lo tanto le gusta la vida. En la mirada de RR es posible divisar el presente y el futuro que permite recordar a Belmonte, a Luis Miguel Dominguín, a Bienvenida, a José Tomás, etc. Su tauromaquia transporta por momentos al que la ve hacia la inmortalidad. Porque su arte, como todo arte que se precie es salvador.

 

La Tauromaquia nos recuerda un asunto importante. Nos recuerda que estamos aquí de paso, que somos mortales, que hay que vivir para morir. El torero tiene la muerte presente continuamente y eso le hace amar la vida, emocionarse, enamorarse, sufrir…