Rioseco presenta Ritual de Naúfragos, última obra del poeta local Luis Ángel Lobato
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Rioseco presenta Ritual de Naúfragos, última obra del poeta local Luis Ángel Lobato

Los poetas Pedro Ojeda y Carlos Aganzo; y la filóloga Natalia de Castro celebran el nuevo año presentando esta obra.

El Ayuntamiento de Medina de Rioseco ha acogido la presentación del nuevo poemario de Luis Ángel Lobato (Medina de Rioseco, 1958), Ritual de náufragos. La obra ha sido publicada por el sello editorial independiente vallisoletano “Cuatro y el Gato”.

 

La presentación fue introducida por el alcalde de Medina de Rioseco, David Esteban  y corrió a cargo de los poetas Pedro Ojeda Escudero (profesor de Literatura en la UBU y co-director del programa “Valladolid Letraherido” del Ayuntamiento de Valladolid) y Carlos Aganzo (director de Relaciones Institucionales del Grupo Vocento); y la filóloga Natalia de Castro, especialista en la obra de Lobato.

 

Aunque Ritual de náufragos fue concebido y escrito entre 1981 y 1983, no ha de ser aprehendido como poemario de juventud en sentido estricto. Muy al contrario, los versos de este “Ritual” denotan una alta madurez poética y marcan el rumbo de una trayectoria muy identificable, plenamente abstracta y centrada en un nihilismo resignado que utiliza, para su reafirmación y su trascendencia, una pulcritud lingüística apabullante.

 

Este noveno poemario (en solitario) de Luis Ángel Lobato habla de causas perdidas, que sólo el lector puede dar o no dar por perdidas; y, en consecuencia, indultarlas o condenarlas a la desmemoria. Lobato, que vitalmente ha optado por blindar y etiquetar como incuestionable su experiencia real y onírica de las cosas, elevando dicha experiencia a la categoría de única verdad necesaria para él -sin ánimo alguno de imposición a sus semejantes-, disecciona el discurso abstracto de su voluntad y lo traduce a palabras precisas y unívocas y a versos construidos con meridiana exactitud.

 

El poemario se publica acompañado de tres textos críticos firmados por los filólogos Alberto Gómez Font y Pedro Ojeda; y por el “relatista” Diego Irimia, que se incluye a modo de epílogo.


 

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