Olmedo Clásico

Asistir al Festival de Teatro Clásico en la Villa de Olmedo es un ejercicio mágico. No solo supone el encuentro con actores y autores que en ocasiones conocemos mejor que algún miembro de la familia. Ir al teatro es, además, un ejercicio de introspección, relajación y reflexión.

El teatro que se ha visto en Olmedo es para todo el mundo. Todos tenemos la capacidad de sentir. Las emociones se cruzan y son universales. El público estaba deseoso de disfrutar. Los actores de La Compañía Atalaya lo sabían. El Rey Lear de Shakespeare que ofrecieron al respetable nos emocionó a todos. Porque sin teatro la vida es más estrecha. Toda la semana pensando que llegara la hora de ir al teatro para verte en el espejo. En ese espejo aparecen todos los personajes que todos nosotros somos en algún pasaje de nuestra vida. Al principio de la obra es obligatorio realizar un pequeño esfuerzo para que la puerta se abra, dejando a un lado lo fácil, lo banal, lo obvio.

 

Es imprescindible para ir comprendiendo esta obra que transcurra el tiempo. El drama, de todos es sabido, que nace solo, del azar, accidental, rápido, producto del deseo de venganza, de la mala fe, de la traición, de que está escrito en la estrellas… En Olmedo esa respuesta la tienen los actores. La tiene la voz y la presencia. Todo lo que dicen está cargado de significado: amor, desesperanza, incredulidad, rabia, etcétera. A partir de ahora, La Compañía Atalaya se perpetuará como un sello en los corazones de los asistentes y vivirá en la memoria de todos para siempre.

 

El público entró en trance viendo el despliegue escénico del Rey Lear y con ganas de seguir a Atalaya por tierra, mar y aire. Destacaría, también, la voz de los actores y actrices. Unas voces que llegaban nítidas al oído del espectador llevando consigo la alegría y el perfume almidonado de la atención que permite distraernos de la realidad y eso tiene múltiples ventajas.

 

La Compañía Atalaya ofreció una energía desbordante que iluminó la Villa de Olmedo para el resto del año. No quiero destacara a nadie. Atalaya vive un momento dulce. Solo había que ver como se comunicaba con el público que se embebía de sus gestos y le mantenía en vilo por la huella fugitiva del pensamiento, de la belleza de su puesta en escena y la nitidez del eco de una traición.

 

In Memoriam de José Luis Sacristán. “ El Granuja”.

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