Olmedo clásico. La discreta enamorada

La Compañía Argentina de Teatro Clásico dirigida por Santiago Doria es  una maquinaria que está muy bien engrasada. La maquinaria del enredo, del trajín y  de la comedia. Un público educado y formado (para ver hay que ver visto) que llenó el Corral de Comedias de la Calle Abrazamozas  de Olmedo y  disfrutó de la alegría y la profesionalidad de todo el elenco porque  bordaron sus papeles. Y eso siempre se agradece.

 

Los versos de Lope de Vega viven y riman  en Olmedo de manera natural. Y ya se sabe cómo se las gasta el Fénix de los Ingenios. En esta obra,  La discreta enamorada,  los personajes exhalan una alegría contagiosa. Llega al oído del espectador el verso como brisa fresca de verano desde el comienzo de la función. No es muy complicado seguir la trama. Ya se sabe que en las comedias de Lope el público está enterado del enredo desde el minuto cero, “sabe más que los actores” y eso le da ventaja para reírse el doble.

 

Irene Almus (Belisa) tiene la gracia y el tono suficiente para hacer creíble su personaje y atrapa al espectador. Ana Yovino (Fenisa, su hija) congratula al público con el teatro, ese milagro donde se concentra todas las pasiones del mundo en un metro cuadrado, el que ocupa esta actriz en el escenario. Mónica D´Agostino (Gerarda) demuestra como las emociones forman parte de la naturaleza humana. Andrés D´Adamo (Lucindo, su hijo) tiene una voz que se escucha en la Plaza San Julián y es un placer oírle. Pablo Di Felice (Hernando, criado) presenta un personaje que le “viene al pelo”. Los versos le surgen de la memoria, suben  por los asientos del patio del Corral de Comedias y se instalan en el corazón del público. Francisco Pesqueira (Doristeo, Gentilhombre)  entra y sale del escenario sin soltar al personaje y permite al espectador vivir otra vida y sentirla como suya. Gabriel Virtuoso (El capitán Bernardo) tiene el mismo aspecto que el medinense Bernal Díaz del Castillo y la misma cara de felicidad que los espectadores  por encontrarse con un “actorazo”  de los buenos. Óptimo en el tono, en la hondura, en la gracia y desparpajo que pide su personaje.

 

La dirección de Santiago Doria da en el clavo y sabe ilustrar el discurso de Lope de Vega de manera convincente y rica.

 

Todo el elenco sobresalió por la claridad en el tono y en el ritmo a la hora de recitar los versos. Saben, lo tienen muy entrenado, poner la cadencia poética  precisa para que la palabra brille con luz propia.