Música reservata
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Música reservata

La crítica cultural de Ágreda. 

Juanjo Mena, que están noche dirige la OSCyL, nos está regalando un concierto soberbio, envolvente, lleno de colorido y hasta –si me apuran- sensual. La orquesta le sigue encantada, está encantada de que la dirijan así, pausadamente y ella responde de manera disciplinada, dejándose envolver por las manos de Mena  que dibujan pentagramas de colores. Porque este director tiene una cualidad que salta a la vista: no hace nada para la galería, sus movimientos solo buscan ceñirse  a la partitura y eso, lo agradece el oyente, y de qué manera.

 

La Sinfonía nº1  en re mayor, op. 25 “Clásica” de Serguéi Prokófiev nos descubrió el extraño instinto que tiene la OSCyL para interpretar a “los rusos”. Los sonidos que construían el edificio de la sinfonía respiraban música  por los cuatros costados de la Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Eso facilitó que el oyente se dejara llevar por la nostalgia recordando aquella mañana cuando la Orquesta Sinfónica de Valladolid, dirigida por el director Luis Remartínez apareció en el Colegio Zambrana para ejecutar Pedro y el Lobo que los internos de la Sexta habían preparado durante meses. Qué alegría ver a Villate y a los hermanos Berodas disfrutar por primera vez de la música clásica.    

 

Luego llega el Concierto para viola y orquesta en re mayor  de Franz Anton Hoffmeister ejecutado por el virtuoso violista Joaquín Riquelme y  llega el arrebato. El arrebato de  dejarse mecer por la experiencia del sonido de la viola que siempre te lleva a un lugar apartado del mundanal ruido para que allí  puedas sentir el poder de la música. Mientras la vida es algo que pasa entre dos momentos de vacío; el hombre es el único animal que sabe que su vida termina y eso le lleva a crear música; que hay un principio y el final le da sentido, es una paradoja existencial.

 

El filósofo Clement Rosset afirma en su libro “El objeto singular” que la música es lo más ajeno que existe “a la realidad evocada por las palabras” La música no da cuenta de nada, no representa nada, no se refiere a nada, no comenta ni describe nada, no traduce; la música simplemente es. Pues  posiblemente tenga razón. Razón porque cuando empiezan a sonar los primeros compases de las Variaciones concertadas op.23 de Alberto Ginastera el oyente tiene la sensación de que se ha tirado al mar, el agua está a una temperatura agradable y de allí no le va a mover nadie durante un buen rato. Ha merecido la pena salir de casa y poder sentirse dichoso durante un hora o más.