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Música petrificada

Una sensación de intromisión recorre las salas del Museo Nacional de Escultura. Adentrarse por sus pasillos es como caminar sobre una línea de pensamiento donde las preguntas se agolpan sin encontrar respuesta automática. El arte sigue manteniendo una existencia sorprendente, gloriosa.

FICHA TECNICA. Valladolid. Museo Nacional de Escultura. C/ Cadenas de San Gregorio. Los Jardines de Adonis. El Rincón rojo. Luisa Roldana: La primera escultora en el Museo.

 

Ha pasado ya un buen rato desde mi entrada en el Museo y no dejo de sentirme un intruso, un infiltrado sigiloso, entre esculturas, pinturas, retablos, sillerías, etc. Recuerdo haber visitado esta primera sala donde aparece Alonso Berruguete con el colegio, llegar a casa y fantasear con la imaginación. Ahora cuando me acerco a sus obras me doy cuenta que están llenas de música que invitan a una conversación dialogada. La escultura de AB no es el vehículo que da sentido, esa la misma escultura la que da sentido. O mejor dicho, la que significa algo. ¿Y qué significa? El espectador tiene la palabra.

 

Adonis, del veneciano Antonio Corradini posee una belleza exacta, ordenada que rompe con lo real. Se preguntaba Gilles Deleuze ¿Qué es el acto de creación? Y lo definía como “un acto de resistencia” luego remarcado con el comentario de que resistir, mediante una obra de arte, significa liberar una potencia de vida que había sido aprisionada u ofendida. Resulta difícil descifrar por completo esta obra de arte, seguir la pista entre el mármol de Carrara y el relato, y es en definitiva una señal evidente de como el arte avanza hacia atrás. Hay que buscar su origen. Seguir su rastro.

 

La sorda luminiscencia cromática que emanan las figuras de Luisa Roldana evoca el dorado brillo de las catedrales góticas y los deslumbrantes iconos rusos. El Rincón rojo es todo un descubrimiento del Museo de Escultura y una especie de remanso donde el espectador puede saborear el sentido musical de Henry Purcell, Haendel, Antonio Vivaldi, si observa detenidamente la profundidad de la composición, los milagrosos colores, el reflejo de la celebración y el justo equilibrio y tensión entre construcción, formas y expresión que lo confiere su fuerza y su recuerdo para un temporada larga.

 

Le preguntaban a D. Emilio Lledó hace poco que de qué artistas le gustaría tener una obra en casa. Prefiero – contestó- verlos en los museos. Además, de los museos sale uno mejor persona, con los ojos alegres. ¡A qué esperas!

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