Michael Jackson: El Rey del pop
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Michael Jackson: El Rey del pop

Una canción siempre quiere ser un puente. Una vez escuchada ya adivinas su poder. Está contigo, te acompaña, la puedas cantar entre el anonimato del público. Se retroalimenta. El prodigio de la música te invita a un paseo fuera del tiempo para que disfrutes de la vida. Billie Jean de Michael Jackson lo hace.

 

¿A quién no le gusta la música del Michael Jackson? Con el Teatro Calderón lleno hasta la bandera se presentó el musical Forever, un espectáculo homenaje al Michael Jackson que permitió al público soñar. Soñar es el principio de todo. El Rey del pop dedicó su vida a la música y de esta manera formar sus sueños y les dotó de corporeidad. De expresividad. La teoría de Freud era que con los sueños lo que se evidencia son nuestros deseos.

 

Los deseos del público esta noche es pasárselo bien. Y se lo pasó bien. Sólo había que mirarles la cara para comprobar que rezumban alegría, alivio y dicha. Una vez más, la música se había convertido en el mejor y más eficaz alivio a nuestros pesares de cada día.

 

La mayoría recordaba la década de los ochenta. Aquella época de la discoteca Caifás, Charlot, Paco Suárez, Atomiun, Cerebro, Melody y los bares de copas como el Cristal, El Desván, Ascot, y resultaba, ahora pasado el tiempo, una época balsámica, consoladora que vista a través del tiempo trascurrido dejaba una parte de la vida celebrada y bailada.

 

Las interpretaciones de los cantantes y de los bailarines del espectáculo Forever rayan a gran altura. Hacen que las dos horas se pasen en un suspiro. La música resulta sensual, inmediata, placentera y digna de admirar.

 

Porque desde la primera nota que se escuchó en el teatro, el público se sintió capacitado para unirse al espectáculo y permanecer de verdad, unido, compenetrado y risueño hasta el final. El universo sonoro de las canciones del Rey del pop se adapta muy bien a cada vivencia, a cada significado, a cada naturaleza.

 

A través del oído los espectadores, uno a uno, fueron conducidos a tierras extrañas donde la crueldad de la memoria no se manifiesta en recordar lo que está disperso en el olvido.

 

El murmullo de los espectadores comienza a silenciarse poco a poco a medida que se van apagando las luces de la sala. A partir de ese momento ya eres otra vez tú mismo, una persona creyente y humilde que encamina sus pasos hacia el Bar Abstracto, pide un verdejo a Jose y un par de raciones marca de la casa y como decía Andrés Montes… La vida puede ser maravillosa.