Mellizo Doble y la nada
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Mellizo Doble y la nada

Cuentan que al poeta José Emilio Pacheco, el olfato le decía si lo libros eran buenos o malos. Entraba en una librería,  olía los anaqueles y las narices le ordenaban lo que debía comprar o rechazar. A mí me ocurre cuando entro en el Teatro Calderón,  y veo, en este caso,  cantar a el  Niño de Elche y bailar a Israel Galván y el olfato me dice que aquello no va dar más de sí y que me voy a aburrir como una ostra.

 

Supongo que es más cuestión de deseo. Tenía la mosca detrás de la oreja después de leer que este espectáculo de Mellizo Doble  no es para “puristas”. Ya empezamos. ¿Se puede saber qué diablos quieren decir con eso? Bueno, seguro que tiene que ver con el público. Ahora el público puede ver cualquier cosa dejándose llevar por la publicidad y sin nada de rigor y aplaude a rabiar. Será que cada época ve los espectáculos que se merece, pero no los que necesita.  Lo de el Niño de Elche e Israel Galván esta noche es infumable.

 

Y estar aquí sentado es un pérdida de tiempo. Hay artistas que no mejoran con el tiempo. El Niño de Elche, aunque él no lo crea,  se está repitiendo y curiosamente se está tirando a lo fácil porque está repitiendo una fórmula, la fórmula Morente. Y lo mismo le pasa a Galván. La naturaleza del baile siempre es efímera, de ahí la incapacidad de integrarla  en los “chillidos” del NdE. Aquí cada uno va a su aire y claro todo resulta imposible e inasible a partes iguales.

 

¿Que, qué cantó el NdE? No sabría decirle querido lector. La comunicación más pura reside en el gesto y la voz. Ahí tiene un “cantaor” la esencia de su poder. La desnudez es lo importante, lo que asombra  y lo que emociona. Pero claro, vivimos en una época tan rara que se busca más el adorno para llegar al corazón que la verdad.

 

Uno sale de casa buscando un poco de placer, un poco de inquietud  y un poco de emoción. La obligación del artista es llegar al corazón del público y que por un rato su pensamiento se pueda transformar,  olvidando lo “que pasa ahí fuera”. Y lo más importante, tener la sensación que aquello que está viendo está hecho para él  y no para uno mismo. Eso es lo más antinatural del mundo. No pude aguantar más y a los quince minutos me fui a tomar una caña a la terraza de el  Hotel Colón, que tarde más buena y que solito más reconfortante hacia a esa hora en Valladolid. Oye,  qué alivio.

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