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Librería Maxtor. RAFA CRESPO

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

He venido hasta la Librería Maxtor en busca de Orlando Figes, quiero mantener una conversación con él sobre Turgénev, Pauline y Luis Viadort, sobre arte, música,  trenes y Europa.  Quiero que me hable de  los rasgos comunes que nos caracterizan a los europeos. Y  descubrir en las obras de arte, en la cultura,   los valores e ideales que compartimos más de 446 millones de habitantes. 

 

El libro que quiero comprar de Orlando Figes lleva por título 'Los europeos: Tres vidas y el nacimiento de la cultura europea'.  El modo en que se fue creando esta “cultura europea” es el tema de este libro. Nos cuenta la manera de cómo llegó a suceder que todos los europeos en 1900  escucharan la misma música, leyeran los mismos libros  y vieran los mismos cuadros.

 

Y todo esto gracias al ferrocarril. En el  siglo XIX  se produjeron grandes cambios en la comunicación de masas, en el transporte; se inventó la fotografía y la impresión litográfica. Y cómo el mercado determinó que obras permanecerían entre nosotros y cuáles no.

 

Habla Orlando Figes en su libro de los que las mujeres y hombres amaron, apreciaron y hasta, en algunos casos capturaron. El amor entre Turgénev  y Pauline Viadort recorre las páginas del libro que se cruzan con Delacroix, Chopin, Dickens, Tolstoi, Dostoievski, Clara y Robert Schumann, etc. Porque ningún europeo,  en boca de Burke,  puede ser exiliado en ninguna parte de Europa. 

 

Para orientarse en la Librería Maxtor hace falta una brújula. La fotografía de Rafa Crespo que ilustra este artículo da buena prueba de ello. Decía Emerson que nadie convence a nadie de nada. Uno ha de convencerse por sí mismo y para ello hace falta leer. Mientras lees este libro,  la mente juega un papel importante en la recreación de cómo eran las cosas en el siglo diecinueve. El mundo visto a través de nuestro pensamiento y nuestra forma de ser actual.

 

Porque cada uno ve un mundo distinto, el político, el futbolista, el funcionario, el frutero, ¡tú! Pero eso no quiere decir que el mundo de ahí afuera no se pueda coincidir alguna vez, ponerse de acuerdo y tirar para adelante.

 

Porque aceptar la vida sin discutirle cada arista, cada instante, y cada brote es el  único modo de alcanzar cierto grado de tranquilidad, de calma, de paz.

 

Mientras leo este libro, todo lo que pasa está, de una manera u  otra,  tocado por lo que sucede en  este momento, pero mientras clavas la vista en el libro,  la realidad se diluye. Luego toca ponerse la mascarilla, pero eso ya es otra historia.