Maquiavelo. El Príncipe

En las acciones humanas siempre hay un mal que ronda en las cercanías del bien, y el bien provoca el mal tan fácilmente que parece inevitable evitar éste si se desea aquel. Maquiavelo es un maestro del poder, no tiene escrúpulos morales, es un cínico y un hipócrita. Es un hombre inteligente y al tiempo un hombre inmoral.

Valladolid. Teatro Calderón. Maquiavelo. El Príncipe. Reparto: Fernando Cayo. Dramaturgia y dirección: Juan Carlos Rubio. Ayudante de dirección: Chus Martínez. Diseño iluminación: José Manuel Guerra. Diseño escenografía: Eduardo Moreno. Espacio Sonoro: Sandra Vicente.

 

La obra de Maquiavelo representa en primer lugar la falta de escrúpulos en la política. En segundo lugar representa una lucha encarnizada por el poder basada en la manipulación y el control. Por eso George Sabine llama a Maquiavelo “el teórico político sin amo”. Todo cuadra. Pero vayamos al teatro. El actor Fernando Cayo nos descubre sin fisuras el mundo de Maquiavelo en un lenguaje actual, reconocible. Es un proceso imparable en el que se ha empeñado FC con esa voz que tiene despierta, sincera, con múltiples registros expresivos. Presenta al espectador un trabajo artesanal, alejado del recurso fácil, realizado para el deleite de los espectadores que hoy abarrotan el Teatro Calderón.

 

El deleite viene porque FC se entrega sin fisuras al personaje y ofrece una paleta cromática donde es posible reconocer el dolor, el gozo, y todas las emociones que una persona puede sentir. Hacerlo bien, como lo hace Fernando Cayo requiere coraje artístico. Durante la obra, se percibe, se ve que Cayo entrega su ser, su alma, su corazón, su fuerza y su cabeza a su personaje y encuentra su recompensa en la satisfacción del espectador.

 

El Príncipe nos presenta una mirada tremendamente contemporánea y funciona como un zoom-in que se fija en determinados ángulos (una oficina con máquina de escribir, un globo terráqueo, una máscara, un traje de oficinista y otro de leñador, etc.) En todas ellas persigue que el espectador tome partido de cómo está el panorama: estable dentro de la gravedad, pero con un preocupante déficit de la hormona de la libertad. Lo escribe Erich Fromm, el individuo vive atemorizado y acaba entregándose a una autoridad despótica para que les proteja.

 

En definitiva, lo que tiene es miedo a la libertad. Por último, decir que la puesta en escena exhala ritmo, complejidad y veracidad. s escenas están muy bien construidas, con la velocidad adecuada y dan ganas de ver otra vez la función para seguir descubriendo matices pero sobre todo para deleitarse con ese soberbio, mutante, caleidoscópico actor – que diría Marcos Ordoñez- que es Fernando Cayo.

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