Manuel Jesús El Cid: Vida y tauromaquia
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Manuel Jesús El Cid: Vida y tauromaquia

En otoño me dijo que esta sería su última temporada. A partir de ahora quería dedicar su tiempo a pasear por el campo, reír y estar con su familia y sus amigos. El Cid ha pasado por las plazas de toros de la manera que lo hacen los  toreros: con honradez, respeto y pulcritud.

 

Ahora cierro los ojos (cada aficionado guarda en la retina su faena de toros) y le veo cómo se va, muleta en mano, a los medios; esta tarde está inspirado el maestro, y el primer natural es despacioso, igual que  un amanecer, sentido y  profundo que llega a los tendidos, parece  que  les hubiera tocado a cada uno de los espectadores el gordo de la lotería.

 

Los siguientes naturales tuvieron una categoría suprema que remató con un pase de pecho de pitón a rabo. Un cartel de toros. Lleva en su muñeca izquierda Manuel Jesús toreo del bueno, torero del que no se vende ni en el Corte Inglés que diría Manolo Molés. Esto es arte y lo demás son monsergas.

 

Porque los toros, ha dejado escrito Rubén Amón, son un escándalo de creatividad y estética en contraste con la muerte. Es eucaristía pagana. Amén. A El Cid siempre le han interesado los toros. Delante de la cara del toro la vida se revela y esos momentos son únicos e irrepetibles. La vida toma sentido y vale la pena vivirla. Aquí, delante de un “Vitorino” las certezas desaparecen, aparecen las dudas que tienes que resolver al momento, y sabes que la verdad y la muerte van intrínsecamente unidas.

 

El torero, ha dicho Curro Romero (El Faraón de Camas) es el único artista que ejerce su obra delante de 10.000 personas y tiene que escuchar de todo: pónsela aquí, mejor allí, bájale la muleta, cruzate… Por eso, me gusta tanto el público del tenis.

 

Esta tarde el público esta con Manuel Jesús y todo, delante de la cara del toro, resulta menos complicado. Porque cada cual tiene derecho a expresar su parecer, Dios me libre, pero sin perder el respeto que esto no es el Parlamento.

 

La receta de El Cid con la estocada resultó fulminante. Esta tarde,  la quietud, el valor, la disposición, la temeridad, el temple y en tres  palabras: jugarse la vida ha tenido premio.