Manolo Millares

Cuadro 128 así se titula esta obra del artista canario Manolo Millares y para decirlo,  así a palo   seco: es fascinante.  El rojo y el negro y el drama y el tenebrismo como herencia de las pinturas del Goya aparecen como una sombra que nunca abandonará a MM. Tampoco a El Grupo El Paso del que fue parte activa junto con Antonio Saura, Feito, Canogar  y otros. Y aunque este grupo solo duro tres años, (1957-1960)  tuvo tiempo para desempolvar el arte que se hacía en esa época en España  y mostrarse ante el mundo con otros ojos, otros colores, otros ámbitos, otros aires. Otro compromiso.

 

Los cuadros de Millares son una tela de araña. Su  minuciosidad de relojero suizo te atrapa y te hacer ver múltiples caras, objetos y  figuras en movimiento. Un caleidoscopio, vamos. La arpillera, ese material barato y asequible, que siempre me recuerda cuando le veo a un  “saco de patatas” tiene una belleza primitiva de estar mucho tiempo a la oscuridad de una panera y te recuerda juegos infantiles y terrores nocturnos “que viene el hombre del saco” ahora recorren las salas de exposiciones de los mejores museos del mundo. 

 

Este cuadro tiene de todo. Su construcción ha pasado por resquebrarse y coserse de nuevo. Hay por lo tanto construcción y desconstrucción, como la vida misma. Un combate soterrado entre los elementos sala a la vista inmediatamente. La luz y la tiniebla. La libertad y terror. La vida y la muerte. El color rojo la violencia. El negro la muerte. Colores sobrios, como el carácter del MM. Sombrío y luminoso a la vez. Sombra y luz.

 

Yo sé de un grupo donde el arte se concebía con algo informal, con la ruptura con la figuración que se aprendía en la universidad de bellas artes y que se repetían hasta la saciedad sin aportar nada nuevo al mundo del arte. La arpillera de MM remite siempre a una época donde para ser artistas tenías que tener sangre de Espartaco y también remite a una época de siembra. Los hombres sembraban el trigo, la cebada con un saco en   cabestrillo, caminando por los surcos dejando a los pájaros a su libre albedrio revoloteando a su espalda. 

 

Por eso este cuadro conecta muy bien con el paso de las personas por este mundo. No hay que perder la perspectiva, si no ya sabemos lo que pasa. La belleza, escribió Rilke es el principio de lo inteligible. A eso se refiere, creo yo, MM en este cuadro.