Mahler según Andrew Gourlay

Gourlay cuidó las dinámicas, coló los tempi, amaestró a los vientos, dulcificó las cuerdas y degustó cada portamento.

La Sinfonía nº 9 de Mahler que nos ha ofrecido la OSCyL dirigida por Andrew Gourlay ha sido bella, sublime, se podría decir que hubo un momento en que atrapó la vida. Allí estaba todo: la alegría más radiante, el dolor más profundo. Y la libertad. Llegar a ser libre es lo importante, decía Hegel.

 

El término “Sinfonía” etimológicamente deriva del griego y significa “con la misma voz”. Se puede usar igualmente como metáfora para describir la tarde en que Gourlay nos descubrió a Mahler.

 

El público de la Sala Sinfónica Jesús López Cobos escuchaba la Sinfonía nº 9 de Mahler con los ojos cerrados. Gourlay cuidó las dinámicas, coló los tempi, amaestró a los vientos, dulcificó las cuerdas y degustó cada portamento. Se notaba que había trabajado a destajo la partitura para adaptarla a la OSCyL. Y se notó, ¡cómo que se  notó!

 

La OSCyL demostró que está en estado de gracia y se ha ganado la credibilidad del público. De este y del oeste. Respondió con soltura ante una de las obras musicales más grandes que se han escrito en música.

 

Pero vayamos con Andrew Gourlay. Nacido en Jamaica primero fue trombonista y después pianista de formación. Es un director obsesivo por el texto. Maneja el silencio como nadie que yo haya escuchado. El silencio y cada signo de expresión buscan imperiosamente que transmita una intención, un valor.

 

Por supuesto que no es el Gourlay de la primera época. Se nota su evolución. El mismo ha  dicho: “Antes no era como ahora, ahora he cambiado”.  La versión que nos ofrece esta noche de la Novena de Mahler es impresionante, sobrecogedora. La tensión dramática del Adagio consiguió que el oyente descubriera lo amarga, doliente  que resultó para Mahler terminar esta sinfonía.

 

Una partitura es como un mensaje que un compositor que murió hace muchos años dejó, pero este mensaje está vivo y los músicos tienen la responsabilidad de resucitarle. Y Gourlay se puso manos a la obra y nos ofreció un Mahler magistral. Magistral porque supo llegar al alma del oyente. “Leibniz decía que la música era una ecuación inconsciente del alma” Seguro que Andrew Gourlay estará de acuerdo.