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Los voluntarios de AECC regalan sonrisas a los enfermos con cáncer en Valladolid

Dos voluntarios que reparten sonrisas y ayuda en el Hospital Río Hortega.

Cáncer ya no es solamente un signo del zodiaco, sino también el nombre de una enfermedad. Un padecimiento que puede comenzar en cualquier lugar del cuerpo humano y que se esconde detrás del que puede ser un malestar común como una ronquera constante o un dolor abdominal. 

La Asociación Contra el Cáncer ayuda a mitigar la toma de medicamentos experimentales, la valentía del paciente y el temor del familiar que le acompaña gracias al apoyo físico y psicológico que les aporta. Además de servir como pilar y permanecer con el enfermo en hospitales, en la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), hay voluntarios que proporcionan experiencias, promueven la concienciación o realizan talleres dentro del centro médico como relajación o risoterapia.

 

La delegación vallisoletana de la Asociación Española Contra el Cáncer alcanzó el año pasado casi 300 voluntarios y más de 6.000 socios. Sonia García participa como voluntaria en AECC porque, tras perder su puesto de trabajo, tenía tiempo suficiente para comprometerse a apoyar tanto a las personas que están pasando por el cáncer como a sus familiares. “Poder ayudarles es una sensación que me produce alegría. Mucha gente nos cuenta sus problemas y sus miedos porque, aunque tengan confianza con nosotras, no es la misma relación que pueden tener con un familiar por lo que pueden hacerlo con más naturalidad”, explica.

 

Ayudar a los que más lo necesitan se convierte en una actividad enriquecedora que te hace ser consciente de todo lo que tienes a tu alrededor. Las ganas de luchar de los enfermos traspasan fronteras y hacen que las personas de su entorno consigan enfrentarse a cualquier adversidad. Y entonces el sol vuelve a salir y brilla con más fuerza.

 

“Ser voluntaria me ha hecho madurar mucho como persona. Valoras cosas que antes no veías. Te das cuenta de que cuando estás en una situación límite, piensas en las personas de tu alrededor en lo que no has dicho y en lo que sientes por ellas. Al estar junto a enfermos de cáncer te das cuenta de lo materialistas que somos. Recibimos más de lo que damos”, cuenta Sonia que, a consecuencia del paro, encontró un pasatiempo con el que poder sentirse realizada al ser el punto de apoyo de personas que lo necesitan.

 

Vivir de cerca la enfermedad también es una causa por la que cada vez aparece un mayor número de voluntarios en los hospitales. Carmen Martín, de 59 años, afirma que sentía la necesidad de unirse a la AECC para estar cerca y poner nombre a las personas que están pasando por la enfermedad que ella también sufrió. “Me marcó una persona muy joven que no consiguió superar el cáncer. Tenía unas ganas tremendas de vivir y luchó hasta el final”, explica a pesar de destacar que cada día hay momentos que se guardan en la memoria para siempre porque se viven situaciones muy íntimas y especiales entre las cuatro paredes de una habitación. A pesar de los años hay historias que se recuerdan una y otra vez porque te llegan al corazón y se instalan en él para volver a tu memoria en el momento más indicado.

 

“He tenido en estos cuatro años de voluntariado muchas experiencias que no se me olvidarán nunca, pero una de ellas fue muy dura. Un chico que necesitaba donación de médula y su hermano era compatible, pero no se la quiso donar”, cuenta Blanca Garrido. Además, destaca que, a pesar de que suene a tópico, siente que los pacientes ayudan más a los voluntarios que al contrario puesto que les hacen poner los pies en el suelo y son capaces de conseguir que valores cada día que vives y las personas que te quieren.

 

“En un momento de mi vida en que disponía de tiempo libre y mis hijos se iban haciendo mayores sentí la necesidad de devolver a la sociedad todo lo que hasta entonces me había dado. Me sentía una persona privilegiada y así empezó mi contacto con la AECC. El pensar que a una persona que está sufriendo y pasando por un momento muy duro en su vida la podemos aportar un ratito de distracción o de desahogo, eso es para mí una satisfacción personal”, relata Ana Porras que lleva veinte años como voluntaria en la Asociación Española Contra el Cáncer.

 

El cáncer es una lacra que te va consumiendo, pero la fuerza que muestran las personas que padecen esta enfermedad puede superar cualquier barrera. Te dan la energía suficiente para seguir adelante, te enseñan cómo vivir. Valorar. Sentir. Escuchar. Sacar la necesaria entereza para poder luchar contra todo. “La sonrisa que me regalan en sus últimos días, cuando las cosas son tan complicadas, es lo que realmente me hace seguir ayudándoles”, explica José Villafañez. Además, resalta que para ser voluntario es necesario tener una gran salud tanto física como mental.

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