Los recuerdos del niño que creció en el Sanatorio de Viana

Francisco Javier en 1968 en el jardín del Sanatorio.

Francisco Javier San José, habitante del sanatorio durante 28 años, cuenta a TRIBUNA su historia.

El Sanatorio de Viana es un recuerdo muy querido por Francisco Javier San José. Este hombre vivió allí 28 años mientras su padre era guarda del edificio en la época de Asprona y la Diputación. ¿Qué tal fue su niñez y adolescencia allí? ¿Cómo lo recuerda? ¿Qué sabe de la época del sanatorio y su clausura? ¿Qué piensa del lugar tal como está actualmente?

 

El Sanatorio abrió sus puertas el 17 mayo de 1954 para cerrarlas años después, en 1963. Para muchos la clausura fue inesperada y, a día de hoy, sigue siendo un misterio, pero Francisco Javier tiene la respuesta.

 

Cuenta a TRIBUNA que en la época de Franco, el dictador mandó abrir muchos sanatorios en los que se tratase la enfermedad de la tuberculosis. Tiempo después esta enfermedad mejoró y se podía tratar desde casa a los pacientes por lo que, entonces, sobraran sanatorios. El 21 de noviembre del 63 se reunió la comisión permanente del patronato nacional anti tuberculoso para ordenar su clausura.

 

El hospital para enfermos tuberculosos estuvo abierto nueve años en los que San José estima que pasaron por allí miles de enfermos para ocupar las 350 plazas con las que contaba el Sanatorio. Sin embargo, no sabe con claridad si en algún momento se llegaron a ocupar todas ellas en su totalidad.

 

La rutina era un poco tediosa, estaba todo muy organizado, tenían que mantener mucho reposo y una buena alimentación”. De vez en cuando, “iban pequeñas compañías de teatro y artistas”. Vida social “tenían poca, no podían fumar ni mantener relaciones entre hombres y mujeres”. 

 

También tenían una emisora de radio, “les gustaba mucho la revista musical, medio cabaret-zarzuela”. Una obra musical que recuerda es “el hombre que los enloquece”. También había un señor que se pasaba a vender revistas y los enfermos las compraban.

 

Desgraciadamente, la tuberculosis era una enfermedad difícil por lo que había mucho enfermo terminal y, por ende, muchos cadáveres. El propio sanatorio contaba con un depósito, pero el Ayuntamiento de Boecillo también tuvo que ampliar su cementerio para dar cabida a estos muertos.

 

Lo que sí sabe el hombre que estuvo allí por 28 años, es que en el momento de la clausurahabía 222 enfermos, a 22 de ellos se les dio el alta y otros la pidieron voluntariamente”. Mientras que “los otros 200 fueron derivados a otros sanatorios de Salamanca, Burgos, Segovia y Madrid”, entre otros.

 

En ese momento también se encontraban allí 57 trabajadores, “algunos cesaron y otros se fueron a trabajar a otros sanatorios” donde hacían más falta. También se sabe que en diez días desde que se determinó la clausura quedó libre de enfermos y el personal tuvo que hacer el inventario.

 

“EN SIBERIA SE MONTÓ EL BELÉN”

 

Ya en diciembre de ese mismo año apareció un belén montado en la sala a la que, los nuevos habitantes llegados de Asprona, llamaban “Siberia”. La apodaron así porque “era una habitación en la que apenas entraba nadie y no tenía calefacción” por ende. En ese habitáculo se recibían y se hacían las llamadas, era una especie de “centralita.

 

Para el 66, tres años después del cierre, llegaron al edificio niños con necesidades especiales de ASPRONA. Allí se encontraron el belén montado, San José creyó por entonces que habían sido los últimos trabajadores antes de irse, tres años antes.

 

Las monjas, hijas de María Santísima Del huerto, también  tuvieron mucha importancia en el Sanatorio porque se encargaban de todo un poco. Hacían la supervisión, cuidaban enfermos y limpiaban, también cocinaban, en resumen, llevaban el funcionamiento del sanatorio.

 

SANATORIO PASA A ASPRONA

 

ASPRONA comenzó con unas pequeñas instalaciones en Pinar de Antequera, pero se dieron cuenta que necesitaban más espacio. Entonces les fueron cedidas dos plantas del antiguo Sanatorio por orden de José Pérez Bustamante, gobernador civil, el cual le pide al jefe provincial de sanidad, la cesión de las dos plantas para la Asociación Asprona.  

 

En Septiembre del 66, su padre, Gregorio San José, conocido como el señor Goyo, y Francisco Javier llegaron al sanatorio. Asprona ocupa dos plantas, la primera para comedores y clases y la segunda para dormitorios, así fue el comienzo.

 

ASPRONA clarifica a TRIBUNA que fueron ellos mismos, los padres de los alumnos, quienes mejoraron ese lugar para poder entrar allí a vivir. Según palabras de Saturnino Merino, responsable de comunicación de Asprona, una madre, Araceli Velasco, "recuerda haber confeccionado cortinas, mientras otros padres hacían labores de carpintería o pintura". 

 

Por otra parte, el señor Goyo se encargaba de la labor de guarda, mantenimiento, arreglos y al principio transportaba a los niños externos.

 

Hasta el curso 73/74 Asprona estuvo allí, y, automáticamente, tomó el relevo la Diputación Provincial, llamando al edificio: Centro provincial de educación especial de Boecillo.

 

LA DIPUTACIÓN SE HACE CARGO

 

El señor Goyo y su hijo, Francisco Javier, continúan con su labor allí cuando el edificio pasa a formar parte de la Diputación. Tras coger su propiedad, se ocupa casi todo el edificio, la diputación se encargó de remodelar todas las galerías, se pusieron dos calderas nuevas, ascensores, talleres, cocinas, en resumen, como dice Francisco, “se dejaron muchísimo dinero”.

 

La Diputación cesa su actividad con los niños especiales en 1990 y hasta el 94 deciden dejar el edificio para actividades culturales, de ocio y campamentos. Es entonces cuando el 30 de enero de 1994, el señor Goyo y su hijo entregan las llaves. Más tarde, la titularidad pasa al Ayuntamiento de Boecillo y no vuelve a haber más actividad registrada hasta la actualidad.

 

Francisco Javier recuerda que el edificio era patrimonio nacional de la hacienda pública. Pero primero formaba parte del Patronato de tuberculosos, cuando cesa la actividad como sanatorio, el patrimonio nacional se lo cede a la Diputación para la actividad de la educación de niños especiales. Así cuando cesa la actividad, pasa a Boecillo.

 

Pese a todo y sobre todo, pese a lo que quiere Francisco San José a este edificio, cree sinceramente que es “un edificio irrecuperable”. Aunque también añade que “se puede llegar a hacer algo, pero costaría muchísimo dinero”.