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Llamadme Gourlay

Para ser director de orquesta hay que ser optimista. Es extremadamente complicado dirigir una orquesta. Precisa mucho entrenamiento y está lleno de sinsabores. Por si fuera poco, dependes del estado de humor de los músicos. Ahora, la recompensa es extraordinaria. Para los que creemos en la música, la recompensa es un valor.

Abono temporada 20. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Centro Cultural Miguel Delibes. CCMD. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. OSCyL. Director: Andrew Gourlay. Soprano: Tatiana Melnychenko. Mezzosoprano: Agunda Kulaeva. Tenor: Garret Sorenson. Bajo: Nikolay Didenko. Coros de Castilla y León. Director de Coro: Jordi Casas. Programa: Giuseppe Verdi. Misa de réquiem.

 

Andrew Gourlay, Director de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) disfruta de la música. Una de sus fortalezas es que la fascina dirigir desde la tarima. Está seguro de que la música no debe ser solo notas y ensayos. También debe incluir vida y decisión. Hoy sabe que es imposible predecir lo que ocurrirá cuando suenen los primeros acordes de la Misa de réquiem de Verdi. Es consciente que en Sala Sinfónica Jesús López Cobos, esta tarde hay un “run-run” diferente. Y tiene que dirigir a más de doscientas cuarenta personas entre coro y orquesta. Sabe que la atmósfera lo es todo. Y esta tarde la atmósfera que se produce entre el edificio de Bofill, los intérpretes y el público es de euforia y presagio a la vez. La fuerza y la dulzura, la vida y la muerte están presente en la música de Verdi.

 

Gourlay dirige sin adornos. Toda buena dirección exige presión, pero no es necesario adornarse, porque el adorno distorsiona, distrae. Intérpretes y oyentes compartirnos milagrosamente una misma identidad. Está sonando lo que estoy dirigiendo. En los dos casos el director se está mostrando.

 

Stendhal decía que una novela “es un espejo que uno lleva mientras recorre el camino”. La definición vale para la música. Cada uno de los ventitantos conciertos que se han escuchado esta temporada ha propuesto al oyente una visión del mundo determinada, es decir, una forma de escucharlo y asimilarlo. A través del sonido se ha inyectado al abonado: deseo, horror, empatía, duda y emoción. Y gracias a esa emoción se entra y evoluciona en una realidad diferente a la que se trae de casa y, por consiguiente libre de recuerdos.

 

La Misa de réquiem, para decirlo con pocas palabras, va directa al corazón y se convierte en una experiencia artística intensa; demostró el sentido de madurez y responsabilidad que posee la OSCyL y Gourlay para pelear por los objetivos de la nueva temporada.

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