Lecturas veraniegas

Uno de mis libros preferidos es Ana Karénina de Lev Tolstói. Lo he leído unas cuantas veces y siempre veo cosas distintas. Cuando tengo el libro entre las manos la sensación súbita es la de absorber algo. Todo cuenta, la sensación física del libro, el tacto, el olor…

 

El canon ya estableció que, si quieres contar algo, tienes que tener algo que contar y si lo tienes, mejor que sea con aliento poético en vez de ser un simple y aburrido notario. El amor, creía Ana Karénina, debía llegar de pronto, con grandes destellos y fulguraciones, pálido huracán que cae sobre la vida, la trastoca, arranca voluntades como si fueran hojas del calendario y arrastra hacia el abismo el corazón entero.

 

Las buenas novelas no tienen por qué ser autobiográficas. Siempre, este tipo de novelas tienen sus limitaciones. Una buena novela, como es este caso, utiliza la imaginación para provocar en el lector que experimente lo impredecible. Y eso pasa cuando el lector imagina cosas que están muy lejos de su propia vida cándida.

 

Ana Karénina tiene esa indefinible belleza que resulta de la alegría, de la energía, del éxito y que no es otra cosa que el equilibrio de temperamento con las circunstancias.

 

Tolstoi es un escritor muy detallista. Los detalles son en la literatura los que crean los personajes; pasa lo mismo con los cuadros de Velázquez, cada pincelada es vital; el detalle es la pincelada de la literatura.

 

Escribir, dijo Flaubert, es una manera de vivir. Tolstói vivió para escribir, era su vida, la mejor manera de mantener viva la esperanza, el espíritu y un refugio maravilloso para cuando se sintió solo, deprimido, desmoralizado, derrotado. Porque la literatura redime, es salvadora. Es el lugar donde “huir de los otros" pero a la vez estar “en el centro del mundo”.

 

Tolstói logra con esta extraordinaria novela como capturar la esencia del paso del tiempo, ese cántaro de la memoria que sin las asas del escritor desaparecería de nuestros ojos.

 

Me sumo al acuerdo de que la novela es un espejo en el paisaje. La característica más destacable en Ana Karénina es su humanidad. Esa humanidad que conduce inexorablemente a la compasión hacia los demás. La necesidad de que nos entiendan. Como escribe Orhan Pamuk, entendemos cómo se siente Ana Karénina en el tren. Está confusa, se siente melancólica, mientras ve como nieva al otro lado de la ventana. Esa nieve no está allí porque sí. Es una observación psicológica del personaje. La novela funciona cuando el novelista se pone en la piel de los personajes y es capaz de entenderlos.