Las inaceptables nuevas formas de la política

El último bombazo político lo ha protagonizado Soraya Rodríguez. La ya ex diputada y ex militante socialista, que ocupó diferentes cargos de responsabilidad en el PSOE, ha dado un portazo al partido y a su presidente, Pedro Sánchez. De inmediato, los análisis apuntan a que el desencuentro llevaba añadida una amarga despedida traducida en quedar fuera de las listas electorales.

 

Los reproches a Soraya Rodríguez se han convertido en ataques directos, foribundos incluso, basados en una especie de revanchismo y carpetazo a la memoria. La etiqueta de 'transfuguismo' se podría aplicar en todos estos casos conocidos recientemente, teniendo en cuenta que Soraya Rodríguez aún no ha confirmado si acepta la invitación de Ciudadanos y se suma a su lista europea. Abrió la caja de los truenos Silvia Clemente  teñida de naranja y la convulsión que generó todo ese movimiento. ¿Transfuguismo? Técnicamente puede considerarse como tal, pero estamos hablando de situaciones sobrevenidas de desencuentros conocidos en las que el partido originario abre la puerta con modos discutibles.

 

Resulta llamativa la reacción del alcalde de Valladolid, Óscar Puente, atacando a Soraya Rodríguez tras su salida del PSOE. Sin entrar en sus razones políticas o personales, totalmente respetables, sorprende que no haya dudado en soltar todo tipo de descalificaciones hacia quien, entre otras cosas, fue su compañera en las listas municipales y de quien tomó el relevo como cabeza visible del PSOE en el Ayuntamiento vallisoletano. Últimamente, los políticos se han metido en una vorágine mediática en la que está primando la forma sobre el fondo; el show por encima de los razonamientos. No estaría mal un sentido de autocrítica, aplicable al PP en su reacción contra Clemente y al PSOE frente a Rodríguez, y preguntarse por qué figuras tan descatadas de su organización deciden abandonar y buscar otra opción política. Y no, no es suficiente el pretexto de envolverlo todo en que ambos partidos ya no contaban con ellas.

 

A la ciudadanía, esa a la que ahora acuden los políticos para solicitar su voto, les empieza a cansar tanta frivolidad en las manifestaciones; tanta efervescencia para unas cosas y pasividad en otras más trascendentales. Siguen cometiendo el error de mirar demasiado hacia dentro y no extender su mirada en lo que realmente importa en el día a día.

 

La política necesita pisar más la tierra. Sobre todo desde que en el escenario ya no actúan solamente dos actores. Si el abanico aporta diversidad de ideas, esa libertad también puede ser la de abandonar un partido. Y todo ello no puede mezclarse con actuaciones o palabras descalificantes que retratan la rabia de quién las pronuncia. Se han perdido muchos valores de respeto, que para nada está reñido con la crítica política, pero nunca desde las tripas y esperando a que se enciendan los focos para sobreactuar con palabras y formas de difícil justificación.