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La Trapa

La crítica cultural de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

Pasar unas horas en el Monasterio de San Isidro de Dueñas, conocido popularmente como La Trapa, es la manera más idónea para combatir la dictadura de un presente inmediato e imperativo. Cuando me veo atrapado por  el frenesí de la tonta actualidad y la resaca de las fiestas navideñas me voy a La Trapa a escuchar La Salve. Antes de las 20.30 hora en que comienza gusto de dar un paseo alrededor del Monasterio para ponerme en situación.

 

Aquí, en este lugar todo tiene que ver con la repetición. La educación es repetición. Cada día los monjes hacen las mismas cosas que hicieron el primer día que entraron en el Monasterio: con las mismas ganas. En los cánticos, en las lecturas que se escuchan predomina el diálogo de la vida y de la muerte que sintetiza nuestro cotidiano vivir que diría Borges. Son conscientes (y tú cuando han pasado cinco minutos de escucha) sabes, que en las playas doradas de la vida te aguarda indefectiblemente un tesoro: la vasta y necesaria muerte.

 

Por eso piden para tener buen descanso y buena muerte. Este es un lugar de encuentro, de meditación contigo mismo. Sí, es posible que consigas por un momento alejarte del escenario de lo colectivo y la algarabía de los mensajes a discreción y te envuelvas en la red protectora de las palabras. Palabras construidas en silencio, sin prisa. Hay que tomarse su tiempo porque aquí las reflexiones viajan desde el alma. Palabras que te vienen a los labios  y barnizan la adversidad con la ilusión del que sueña despierto.

 

La puerta que da acceso al Monasterio es como un túnel en el tiempo. Una especie de grieta entre el presente y pasado. Al atravesarla al anochecer para asistir al cántico de La Salve se tiene la sensación de estar dejando atrás la prosaica realidad para sumergirte en una dimensión espiritual. Sumergirte en el silencio.

 

Primero fue el silencio. Y, después el ruido. La nostalgia del silencio ha sido y será el afán humano que se repite siglo a siglo. Encontrar su misterio porque nunca hay un silencio completo, y quizá nunca lo haya es una misión quijotesca. Por eso lo mejor es callarse.

 

La verdadera impresión de las cosas inolvidables, dice Pavese, no sucede la primera vez que las encontramos, sino la segunda. Yo la encontré una noche que Julio Martínez me llevó “a conocer el hielo”.

 

In memoriam de Melchor Gómez.