La sonrisa del niño que venció al cáncer

Un tumor cerebral dejó a José Antonio Rodríguez Calles con un resto visual del 16 por ciento con tan solo 10 años. A pesar del varapalo superó sus limitaciones y logró graduarse en Magisterio antes de comenzar una nueva vida como vendedor de la ONCE.

José Antonio junto a su perrita Pipoca al lado de la caseta de venta de la ONCE. JAG

Once preguntas, once respuestas:

 

1. Una afición: La lectura a través de audiolibros.

2. Su mejor momento como vendedor: Un cliente se dejó el móvil en la caseta de venta, yo lo recogí, contacté con él y vino a buscarlo. Me lo agradeció sinceramente. Me sentí bien.

3. Y el peor momento: Un malentendido con un cliente. Pensó que le había tocado más en un cupón y creyó que yo le engañaba. Fue una situación desagradable.

4. Su mayor premio: Conocer a mi mujer.

5. Es supersticioso: No.

6. Un juego: El buscaminas, me encanta.

7. El número de la suerte: El 13.

8. Su mayor apuesta en la vida: El día a día.

9. Salud, dinero o amor: Amor.

10. Su mayor capacidad: Optimismo, a veces demasiado.

11. Qué es para usted la ONCE: Mi casa.

Si tuviera una máquina del tiempo viajaría a la época del Imperio Romano o quizá a la Revolución Francesa. “Son dos momentos apasionantes. A mí la historia me encanta”. Quien habla es José Antonio Rodríguez Calles, empleado desde hace casi dos décadas de la ONCE. Hoy nos montamos en una máquina del tiempo, pero no para viajar tantos siglos. Solamente nos desplazaremos unos años, concretamente hasta la niñez de este vallisoletano natural de Carpio del Campo.

 

Porque la historia de José Antonio es digna de contar, de escuchar, de leer. Emocionante, desgarradora por momentos, pero con un final feliz (perdón por el spoiler) que se ha labrado a fuego. Un ejemplo de lucha y de superación personal. Comencemos.

 

Imagínense a un niño de pueblo feliz a sus ocho años. La historia se remonta a los años ochenta del pasado siglo en la tranquila población de Carpio. José Antonio acude cada día a la escuela acompañado de su hermano gemelo. Pero la dureza de la enfermedad golpeó con fuerza a un niño que prácticamente despertaba a la vida. “Comencé con mareos, vómitos, dolores de estómago y de cabeza”. Sigue haciendo memoria. “Todo era que si crecimiento, gastritis, una ulcera de duodeno…” Comenzó entonces su particular y doloroso viacrucis “de médico en médico” durante más de un año. Reitero: tan solo era un niño de poco más de ocho años.

 

Finalmente dieron con el diagnóstico: tumor en el cerebro que oprime el nervio óptico. La operación –ocurrencias del destino- fue un once del once (11 de noviembre). “Fue un alivio”, sentencia. En los meses previos, José Antonio fue perdiendo paulatinamente visión. “Me encantaba leer tebeos y poco a poco se fueron volviendo manchas”. La intervención quirúrgica logró extraer el tumor, pero el nervió óptico -cuando se liberó de la presión- quebró. Resultado: José Antonio se había desprendido del cáncer, pero tendría que vivir toda su vida con un resto visual del 16 por ciento. “Tengo campo visual, pero no profundidad; distingo colores pero no veo detalles”.  Fue el peaje de la terrible enfermedad a la que tuvo que enfrentarse un niño con las únicas armas de la ingenuidad infantil y la ilusión por curarse.

 

A pesar de la crudeza del relato, el protagonista de esta nueva entrega de Once de la ONCE, quita hierro al asunto. “No tuve demasiado trauma, me operaron y para el pueblo. Estuve un año más o menos sin ir a la escuela y perdí el curso”. Aquel niño al que le gustaba la historia y leer tebeos tuvo que tragar con el amargo sabor de la quimioterapia durante dos años. “Fue muy duro, me pasaba toda la semana en el hospital vomitando”; aunque mucha más dureza y crueldad fue la reacción de algunos compañeros de la escuela. “En aquel momento me dolió, hubo momentos de vacío, pero si lo analizas fríamente también fue un cambio para ellos, muchas cosas de las que antes hacíamos juntos cambiaron”. Increíble la sensatez de José Antonio.

 

 

Pausa para un sorbo de café en un bar del barrio en el que trabaja, ordenar los recuerdos y proseguir el relato. “Igual que la deficiencia visual vino, se quedó. Tienes que convivir con ello y siempre hay alternativas”. En los años 85 y 86 acudió a un Centro de Rehabilitación Visual en Madrid. “Te enseñan, te miden, te dan herramientas: yo tengo una gafa para ver detalles, un telescopio que usaba para ver de lejos como la pizarra o un semáforo, una telelupa para leer. Aunque lo mío ya es antiquísimo, ahora todo ha mejorado”, sonríe.

 

Volvamos a esos años de infancia:, -¿Cómo supera un niño de 10 años quedarse a las puertas de la ceguera? “Echándotelo a la espalda. Me refugié en la memoria y comencé a sacar buenas notas. Yo tengo un hermano gemelo que leía la lección en alto un par de veces y a mí se me quedaba”. Era el tándem perfecto sino fuera porque José Antonio aprobaba y su hermano no. Sonrisa pícara.

 

Desde su experiencia pide “paciencia y tranquilidad” a los familiares de niños con cáncer. “Y muy importante: que no les mimen, que no les sobreprotejan ni les den caprichos por que sí, es importante normalizar la enfermedad en la medida de las posibilidades”. Un consejo interesante.

 

Aquel niño que supera el cáncer regresa a la escuela y pasa al instituto de Medina del Campo. Es buen estudiante y en los largos veranos escolares decide comenzar a vender cupones. Es una forma de sacarse un dinerillo y de ir forjándose un futuro. A pesar de todos sus problemas con la vista, en el recordado año 1992 para España, José Antonio inicia su nueva vida como universitario. “Elegí Magisterio, en la especialidad de Primaria, porque mi intención habría sido dar clases de historia”. Cuando se batalla contra la terrible enfermedad y se sale vencedor, los impedimentos cotidianos tan solo son pequeños traspiés que no impiden seguir caminando. En este caso también logró graduarse.

 

“Igual que la deficiencia visual vino, se quedó. Tienes que convivir con ello y siempre hay alternativas”

 

“Hay que centrarse en las cosas que sí puedo hacer, y no en aquellas para las que esté limitado”. Una sentencia que pide mármol. José Antonio Rodríguez es positivo por naturaleza. “A veces demasiado”, se ríe. Y no abandona el humor, porque es así como se superan los impedimentos. Las anécdotas caen ahora en cascada y bañadas en carcajadas. “Yo pasaba todos los días por la calle Estación y esquivaba siempre a una persona que debía estar esperando en el mismo lugar. Al cabo de los días me di cuenta que era un dispensador de la ORA", suelta una carcajada y añade: "anda que no he intenado entrar veces a un bar por la ventana", más risas. No hay nada como reirse de uno mismo, aunque advierte: "Es algo que a todos nos pasa, también a los que ven bien". Totalmente de acuerdo.

 

Apura su café, también su historia. No pudo ejercer el magisterio como le hubiera gustado. “Estuve buscando durante cuatro o cinco años trabajo e incluso comencé con oposiciones. Pero me di cuenta que no”. Sinceridad. “A los 30 años me paré y dije que esto no podía seguir así, necesitaba un trabajo”. Allí estaba la ONCE esperando.

 

19 años después José Antonio es un tipo feliz que disfruta con su trabajo como vendedor. Hasta hizo sus pinitos durante un curso escolar. Fue en el curso del año 2010 sustituyendo a un profesor. “Mi trabajo consistía en adaptar los contenidos curriculares y los materiales para alumnos con discapacidad visual; bien traduciendo textos al braille, mediando entre padres y alumnos y profesores, actividades adaptadas… visitaba los colegios e intentaba ayudar”. Explica con  modestia, es misma que recubre el gran corazón de José Antonio.

 

Desde su kiosko en la vallisoletana Plaza de la Cruz Verde ve pasar la vida con tranquilidad. Espera con ahínco dar un buen premio. Ya llevó una vez un premio gordo en un bonocupón, de abono semanal; “pero no lo vendí”, se lamenta. -¿Aficiones? “Me gusta descargarme audiolibros y escucharlos, también ir al cine”. Siempre se sienta en la primera fila junto a amigos, también de la ONCE, para poder tener un mejor campo visual.

 

Hoy le toca sesión fotográfica para TRIBUNA y ha decidido acompañarse de su mascota Pipoca, una simpática perrita. Le encantan los animales. Cuando la toma en sus brazos, una sonrisa involuntaria se dibuja en su cara. Es la misma que la del niño de diez años que venció al cáncer.

 

Noticias relacionadas

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: