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La sombra de López Cobos es alargada

La seriedad interpretativa, su mano morantista, su depurada técnica, la musicalidad que irradiaba y su firme concepto hacían de Jesús López Cobos un luminoso director de orquesta. Un maestro. El abonado ha tenido la oportunidad y el privilegio de compartir a su lado la pasión por los clásicos. No era uno más. Hay quien no tiene recambio.

FICHA TECNICA: Valladolid. Centro Cultural Miguel Delibes. CCMD. Sala Sinfónica. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. OSCyL. Director: Óliver Díaz. Piano: Chano Domínguez. Programa: Chano Domínguez, Alan Howhaness y Aaron Copland.

 

El director de orquesta Óliver Díaz es justo lo contrario que Jesús López Cobos para decirlo con una frase. La forma que tiene de dirigir esta noche a la OSCyL tiene un examen tan riguroso, tan minucioso que raya lo enfermizo, lo cursi. Claro, que del maestro López Cobos ya conocíamos su severidad, su trabajo depurado de la partitura, su dinámica para exprimir a la orquesta y ensimismar al oyente. Su sobriedad. Prefiero cinco minutos del maestro que tres horas de Oliver Díaz.

 

Chano Lobato es un tipo estupendo según cuentan los que le conocen. Simpático y muy educado. El personal del Auditorio no pone un pero durante su estancia en el Centro Cultural. Su innegable expresividad, sus matices poéticos y su espontaneidad hipnotizaron a la mayoría de los oyentes. Otros, cuando comenzó a sonar “Mi prima de riesgo” empezaron a pensar en la cerveza del descanso.

 

Menos es más. Esta frase, acuñada por Mies van der Rohe a principios del siglo pasado es recurrente para hablar de la Sinfonía nº 2, op. 132, “La montaña misteriosa” de Alan Howhaness. Tiempo de duración: veinte minutos. Esta sinfonía invita al oyente a realizar un paseo imaginativo, atemporal por la música del siglo veinte. Me resultó un momento inolvidable el primer movimiento “Andante con moto” porque despliega un velo de mágica tranquilidad y concentración. Sugiere silencio interior, soledad, pide incluso si me apuran, la tortura de la reflexión. El director Óliver Díaz seguía empeñado en la exteriorización de lo superficial y tiraba besos, saludaba efusivamente… Mi vecina de butaca dejó escapar suspiros de satisfacción cuando se marchó y pudo aplaudir a la orquesta a gusto.

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