La sombra de Beethoven es alargada

El post de Ágreda en Tribuna de Valladolid.

Beethoven concebía la música como un proceso de apertura al otro. Escuchando esta noche al Cuarteto Quiroga como ejecuta el opus 135 resulta difícil llevar la contraria al genio de Bonn. La propina de Beethoven del CQ resultó, a todas luces, una sacudida emocional y espiritual por su indescriptible belleza que transportó al oyente “a otro mundo”.

 

Comenzó el Concierto de abono nº 11 en la Sala Sinfónica Jesús López Cobos con El ocaso de los dioses: Marcha fúnebre de Sigfrido de Richard Wagner. Navegar por las aguas wagnerianas durante 8 minutos se convierte en una experiencia lisérgica. Si el timonel se llama Damian Iorio, que esta noche dirige la OSCyL, no hay que preocuparse de nada. Es un experto marino que sabe sortear el oleaje y los vientos para llevarte a buen puerto. El final de la Marcha fúnebre resultó delicioso e ilustrativo.

 

Porque Iorio es un director que mira a los ojos de la orquesta. Los ojos enseñan el interior de las personas. Son una ventana para encontrar la verdad que nos enseña la música. Iorio tiene una cualidad que me gusta: se mimetiza con la orquesta y ofrece al oyente algo sublime, algo que te transporta, algo que el cuerpo agradece, algo que … como decirlo … es de una belleza que se incrusta en tu mente , en tu cerebro. Porque la belleza, escribe Francisco Moro, en su libro ‘Mitos y verdades del cerebro’ es una construcción mental hecha de percepciones, emociones, sentimientos y conocimiento. Es por lo tanto subjetiva.

 

Y llegó el Cuarteto Quiroga que nos regaló un plus emocional como hilo invisible de su sonido lleno de colores y formas que rayaban la perfección. Y era emocionante escucharles. La emoción preñada de belleza que se podía ver y degustar, saltaba a la vista, estaba delante de nuestras narices. Las neuronas se dispararon y el placer campó a sus anchas. El placer generado por la música del compositor John Adams que me recordó tanto a Beethoven y en esa interacción éramos conscientes de que los humanos estamos obligados a entendernos y a ser comprensivos unos con otros.

 

En la Sinfonía doméstica, op. 53 de Richard  Strauss,  apareció la gigantesca figura de Juan M. Urbán solista corno inglés de la OSCyL. Esta noche toca el Oboe de amor y la Sala Sinfónica cuando le escucha se convierte en un territorio habitado que nos trasporta a un territorio donde se puede soñar un mundo imaginario y un tiempo propio de realidades paralelas y conexiones invisibles.