La quinta de Roberto González-Monjas
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La quinta de Roberto González-Monjas

El vallisoletano Roberto González-Monjas ha acumulado ya suficiente experiencia que no es de extrañar que algún día dirigiera a la Orquesta Filarmónica de Viena en el  Concierto de Año Nuevo.

La dirección de orquesta es una profesión para jóvenes. Roberto González-Monjas, (Valladolid, 23 de febrero, 1988)  ha acumulado ya suficiente experiencia que no me extrañaría que algún día dirigiera a la Orquesta Filarmónica de Viena en el  Concierto de Año Nuevo. Esta noche dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) se le ve radiante, feliz. Porque Roberto sugiere,  no impone, todo lo pide con delicadeza, con gesto amable.

 

Llega al podio y ya ha  regalado una sonrisa, un gesto  de complicidad a los miembros de la OSCyL que le quieren y le admiran a partes iguales.  Los cinco minutos que duró Glinka: Rusián y Liudmila los dirigió con esos brazos que son como alas de albatros y con una energía volcánica tan característica marca de la casa. Su Glinka se parecía mucho a él. Humano, electrizante y misterioso. Ya se intuía que el concierto iba a ser de los buenos, de los vitamínicos sin conservantes ni colorantes.

 

Luego llegó la Sonata para clarinete, op. 120 de Brahms con Orquestación de Luciano Berio ejecutada por el clarinetista austriaco Andreas Ottensamer (4 de abril de 1989)  y el público de  la Sala Sinfónica Jesús López Cobos pudo comprobar como la música acalla el alocado runrún del tiempo. Su sonido y su exquisita sensibilidad  llevaron al público a universos desconocidos y complejos, es lo que tiene la genialidad.

 

Descanso de cinco minutos. Cuadros de una exposición (Orquestación de Maurice Ravel)  de Modest Músorgski pusieron a prueba Roberto González-Monjas y a la OSCyL. Y ahí surgió el prodigio, el talento inconmensurable y el “feeling” que tienen director y orquesta. La batuta la dejó en el camerino. Los brazos extendidos de Roberto marcaban el rumbo, el clímax de la partitura potenciando todos los colores de los cuadros de la exposición. En la música de Músorgski  se percibe el sentido de lo inacabado y la fragmentación de lo real.

 

También hubo tiempo para la melancolía. De la excelencia a la melancolía. El director se dejaba llevar por los músicos y los músicos por el director. Roberto González-Monjas lleva consigo un sonido interior que provoca el contagio en los integrantes de la OSCyL y también en el público que nota un susurro en los oídos que le dicen: ven, únete a nosotros.

 

Aplausos y más aplausos. El director repartió aplausos para todos los miembros de la OSCyL. Pero en la última salida la orquesta aguantó sentada  y dejó  que todos los aplausos y el cariño del público fueran para su director.