La noche de Roxana Wisniewska Zabek
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La noche de Roxana Wisniewska Zabek

En cuanto sonaron las primeras notas del violín de Roxana Wisniewska Zabek quedó muy claro que íbamos a asistir a un concierto inolvidable. La elección del Concierto para violín, op. 15 de Bejamin Britten -35 minutos exactos según marcaba el programa de mano- ha sido acertadísima, manteniendo un primerísimo nivel inalterable hasta la nota final. Con una concentración de astronauta RWZ y con un dominio casi incomprensible del violín construido en 1767 por José Contreras y cedido generosamente por la Lutheria Tarapiella, su sonido se escuchaba primorosamente por todos los rincones de la Sala Sinfónica Jesús López Cobos del Centro Cultural Miguel Delibes.

 

Roxana Wisniewska Zabek tiene el poder de causar un silencio enorme cuando aparece en el escenario. Es el ingrediente imprescindible para crear un ambiente mágico. Cuando empezó a sonar su violín todos estábamos muy callados, como si estuviéramos en la luna, callados y en calma, tranquilos. Los músicos de la OSCyL la miraban deseando escucharla. Y entonces cuando solo se respiraba silencio en la sala RWZ lo hizo añicos con el sonido de su violín.

 

La música siempre es un proceso de apertura al otro. El Concierto para violín, op. 15 de Britten está lleno de misterios y curiosidades. No es fácil envolverse en él, necesita los cuatro dígitos de la clave para disfrutarlo. Britten tenía muy claro que no había nada más odioso que una música sin reflexión, sin un pensamiento latente. El aire sonoro de la OSCyL daba compañía y refugio al violín de Roxana que empapaba y envolvían al público y permitían que a esa hora de la tarde no hubiera en Valladolid un sitio tan acogedor como la Sala Sinfónica Jesús López Cobos.

 

Durante los 35 minutos del Concierto de violín de Britten hay tiempo para todo. Tiempo para escuchar y dejarse envolver por su carácter perturbador que pasa del énfasis, de la tormenta a la calma y a la generosidad y a la modernidad. Porque Britten siempre fue a su aire en su modo de vivir, cultivando una instintiva rebeldía para no resignarse a la ortodoxia imperante en Inglaterra que ahora le tiene como estandarte y proa de su música.

 

La sonoridad que es capaz de sacar de su violín Roxana Wisniewska Zabek es maravillosa. Su madre Violeta y su padre sentado en la primera fila la miraban embelesados agradeciendo en silencio la capacidad intrínseca que tiene el cerebro humano para heredar el gusto por la música de una generación a otra.

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